domingo 3 de abril de 2011

En Diciembre del año pasado este relato obtuvo una mención de honor en el primer y último concurso literario del foro Prosófagos, recientemente occiso al menos en mi opinión. No pensaba colgarlo aquí, ni mencionar el concurso, pero cada vez que abro la carpeta en que guardo este cuento recuerdo la ilusión general del evento y todos los buenos ratos y experiencias que me aportó el foro.

Si tuviese que ponerle un epitafio a tu tumba copiaría el de Billy Wilder: "somos escritores, pero es que nadie es perfecto". Prosófagos, va por ti.


LA PROCESIÓN

Es el último día de las fiestas y se acerca el momento que todos esperan emocionados: la procesión. Sólo hay alguien que en este momento la maldice con toda su alma y ese alguien es el santo.

Él nunca había pretendido ser patrón de nada; de hecho, ya le cogió por sorpresa la santificación porque, lejos de ser un hombre verdaderamente entregado al fervor religioso, lo que había sido era un fóbico social declarado que se había auto desterrado a una ermita abandonada. Pasaba el tiempo tan a gusto, soñando despierto recostado bajo los árboles, rodeado de naturaleza salvaje. Hordas de pajaritos se acercaban a él y se posaban en sus hombros no por su aura benévola sino porque todos los días tiraba las migas del mantel por la ventana y los animalitos se habían entregado a la creencia de que lo mismo entre sus ropas también había migas ocultas esperando ser encontradas.

Fueron las beatísimas vecinas del pueblo las que, por alguna razón insondable, interpretaron tal conducta como inefable muestra de santidad. Aparte de intentar entrometerse todo lo posible en la vida del pobre hombre a base de hacerle visitas intempestivas en las que insistían en hablar con el infeliz sobre Dios, la Santísima Trinidad y los sermones del padre Lucas, que él ni atendía ni le importaban lo más mínimo, instauraron una especie de competición privada en la que cada una intentaba aventajar a las demás contando supuestos milagros y sucesos insólitos en torno a la figura del eremita.

Para cuando el pobre hombre murió víctima de un enfriamiento ya le habían adjudicado poderes tales como hablar con los animales, caminar por las aguas, invocar a los elementos a su antojo y, en general, disponer de línea directa con los cielos. Se pidió su canonización pero eran aquellos asuntos delicados que requerían montones de papeleo y molestias clericales, de modo que nunca se concretó nada y el aspirante a santo ermitaño pasó a ser santo sólo por tradición oral.

Pasaron los años; el pueblo fue prosperando y prosperando hasta convertirse en una pequeña ciudad que de repente dejó de prosperar y se convirtió en gran ciudad. Y hete aquí que un día el alcalde tuvo a bien querer edificar en las pocas afueras de la ciudad que quedaban, justo en el lugar donde aún se levantaban un par de piedras de la vieja ermita, desaparecida tiempo atrás a causa de la edad, el descuido y de un rayo que decidió caer justo en su tejado incinerándola hasta los cimientos. Algunos de los concejales conocían las leyendas de la ermita y el milagrero que en ella vivía y expresaron al alcalde sus dudas sobre si edificar en ese terreno no sería un poco herejía. Pero el alcalde también recordaba aquellas historias de cuando era niño y había comenzado los trámites para santificar al milagrero, nombrándole patrón de la ciudad en concepto de indemnización y así todos contentos.

No es posible explicar la congoja que sintió la pobre alma del solitario cuando se vio arrastrada de su pacífica nada a un incomodísimo cuerpo de madera pintada. No supo explicarse cómo había acabado allí ni por qué tanta gente se arrodillaba ante él encendiéndole velas mientras le solicitaban toda clase de cosas. Pasó meses de desconcierto hasta que un día un san Pascual que tenía al lado le explicó los deberes y obligaciones de un santo así como su teoría sobre la fe y los poderes de invocación de espíritus que la acompañaban. El nuevo santo comprendió, aterrado, que estaba allí porque toda aquella gente desconocida creía vaya usted a saber por qué en la santidad de su alma, identificándola y pretendiendo glorificarla a través de aquella estatua en la que ahora se encontraba prisionero. No quiso ni pensar en las implicaciones que esto podía tener respecto a la figura del Cristo que tenía a su derecha, ni sobre la de la Virgen de los Siete Puñales; se dedicó con ahínco a recordar aquellos días de ensoñación y calma que pasó en su ermita y en lo a gusto que se encontraba en aquellas tierras que se extendían más allá de la vida. Así consiguió un mínimo de paz mental que más o menos le hacía soportable aquella situación salvo puntual ataque de ansiedad. Hasta que llegó el día de la procesión.

Había logrado quedarse amodorrado cuando unas violentas sacudidas le hicieron despertar con sobresalto. Mozos vestidos de forma extrañísima le bajaban de su pedestal mientras discutían el mejor procedimiento para transportarle hasta las parihuelas. Como el eremita no había presenciado una procesión en su vida no supo muy bien qué significaban aquellos preparativos y pensó que lo mismo le habían colocado en aquella plataforma para limpiar a fondo la hornacina en la que normalmente estaba. Por eso se alarmó bastante cuando los mozos, gruñendo de esfuerzo, levantaron la plataforma con él encima y echaron a andar hacia las puertas del templo.

“Quizás me lleven a mi ermita”, pensaba el santo, empezando a ilusionarse con el paseo. Entonces se abrieron las puertas de la iglesia y se encontró ante una rugiente multitud que le aclamaba tratando de superar el volumen con el que la banda municipal interpretaba su “Marcha procesional”.
El santo creyó morir de nuevo de pura angustia al verse transportado hacia aquella multitud de desconocidos que se cerraba a su alrededor cual nube de mosquitos, todos zumbando oraciones por lo bajo mientras la banda seguía con aquel tatachín que el santo encontraba espantoso y fúnebre y que con su estruendo le impedía refugiarse en la burbuja de sus sueños y recuerdos. El vaivén de los porteadores le mareaba y tenía la sensación de ahogarse, de descomponerse, como si todas esas personas estuviesen intentando arrebatarle un trocito de su ser para quedárselo ellas. Intentó gritar, explicar, rogar incluso, pero la procesión siguió inexorable. Dos horas después, cuando vio que regresaban a la iglesia y que con ello presumiblemente concluiría la estremecedora excursión, el santo se echó a llorar de alivio y agotamiento nervioso.

¡Qué fiestas fueron aquellas! Todo el mundo acabó contentísimo y orgulloso y contaba a los cuatro vientos que su santo, aquel milagrero encantador que hablaba con los animales, caminaba por los ríos y mataba demonios con un parpadeo ¡había llorado! Sí, todos lo habían visto, grandes lágrimas cayendo por el rostro de la estatua. Ante tamaño portento se decidió que se harían dos procesiones al año: una el día del Santo Patrón, establecido el 5 de Septiembre para dar la impresión de que las vacaciones no habían concluido del todo, y otra en Semana Santa, en la cual el santo desfilaría con todo honor detrás del Nazareno.

Así se instauró la tradición, condenando al pobre santo a atravesar dos graves crisis de angustia al año en sendas procesiones y a soportar ser repintado cada vez porque los parroquianos insisten en que la pintura se aja muy deprisa, el santo parece muy pálido cada vez que le sacan de la iglesia.

Es el último día de las fiestas y la procesión ya avanza por la calle principal. La gente canta, grita y se enjuga las lágrimas de emoción. ¡El santo vuelve a llorar!