Ramón odiaba las Navidades.
No es que le molestara el gentío, ni las poco deseadas reuniones familiares. Tampoco le importaban las luces, los villancicos, ni demás parafernalia festiva.
Lo que hacía que a Ramón se le llevaran los demonios era el condenado Papá Noel.
Curiosamente, los Reyes Magos no ocupaban ni un pensamiento en su cabeza. Tres figuras bíblicas, personificaciones antropomórficas de dios sabe qué retorcida metáfora.
No había creído en ellos de pequeño y quizás por ello no les daba importancia; pero el gordo vestido de rojo era otro asunto. Y un asunto muy personal. En él sí que creyó. Era tan absurda toda la mitología que rodeaba al personaje que era impensable que un niño no creyese en él.
Porque viajar en camello era cosa de ponerse, simplemente. Cruzar medio mundo siguiendo a una estrella tampoco era empresa difícil, más de uno lo había hecho por motivos más egoístas que entregar unos cuantos regalos. No, para eso no hacia falta ser mago.
Pero lo otro... bajar por chimeneas con un saco enorme, viajar por el cielo montado en un trineo, recorriendo el mundo en una sola, única noche. Comer cantidades colosales de galletas sin reventar o enfermar casi de muerte. ¡Y lograr que un puñado de elfos trabajara para ti noche y día!
Eso era lo mágico de Papá Noel. Eso, y ser lo más parecido a un abuelo ideal.
Ramón, en su infancia, había guardado rigurosamente todo el protocolo Noélico: se portaba todo lo bien que era capaz todo el año o cuando se acordaba y se acostaba tempranito en Nochebuena y, a pesar de que el cuerpo se le quería escapar de la cama al menor ruido en el salón, él se quedaba donde estaba, lleno de ilusión y de esa indescriptible sensación de ser parte del secreto.
Pero algo fallaba, porque Papá Noel parecía no darse por enterado de tanto esfuerzo.
¿ A qué tanto librito con ilustraciones? ¿ Cuál era el motivo de aquellos excalestric, esos robots, los juguetes?
Él no había pedido aquello nunca. No lo rechazaba, no, pero él no le pedía eso a Papá Noel en sus cartas. Pedía otras cosas.
Y nunca las obtuvo.
A Ramón le traumatizaron tantas decepciones anuales, tanto que fue alimentando una creciente obsesión por Papá Noel. Ni siquiera cuando sus padres, que le veían venir cuando cada Navidad Ramón habría sus regalos con el ceño cada vez más fruncido, le revelaron un día la verdad, fue capaz de olvidar su obsesión.
Ramón creció y su trauma con él. Y como no era capaz de superarlo inició el contraataque.
Sangrienta era la venganza de Ramón, que se dedicaba en cuerpo y alma (y en sus horas libres o cuando el jefe no le veía) a investigar sobre la figura de Papa Noel y destrozarla poco a poco y con saña.
También destrozó unas pocas cosas más, de paso. Destrozó los corazones de no pocos niños, demostrando sin lugar a dudas la farsa de todo el asunto en grandes almacenes, donde aprovechaba momentos de caos y descuido para soltar enfebrecidas arengas y arrancarles las barbas falsas a inocentes trabajadores de temporada que con nadie se habían metido. A Ramón, como se suele decir, le ponía ver la cara de los niños cuando descubrían que Papá Noel no era más que un chaval disfrazado.
Y es que sus caras se parecían a la que ponía él una Navidad tras otra, cuando no recibía los regalos deseados ni veía señal alguna de ir a recibirlos nunca.
Lo veía como una especie de justicia divina, una especie de trabajo de maestro. Les enseñaba a los niños de qué iba la cosa realmente. Les demostraba que Papá Noel no existía y que creer en él y en que las listas de regalos se convertirían en verdad era perder el tiempo.
No se daba cuenta de Ramón de que intentaba ganar adeptos a su causa sin obtener más resultado que el odio de muchos padres y una acalorada discusión en la calle con el guardia de seguridad de turno.
Pero no desistió. Siguió estudiando, averiguando, recopilando información como un ordenador enloquecido. Y compartiéndola con un mundo que no quería saber nada de aquello.
Tras varios años de incesante investigación, Ramón se decidió a dar la estocada final: publicaría un completísimo tomo resultado de su trabajo, en el que explicaría con todo detalle el origen de Papá Noel. Para ello había seguido las pistas que le condujeron a Turquía, donde nació San Nicolás y la leyenda con él: un viaje que le sirvió de hilo conductor y le tuvo dando vueltas por media Europa. Hasta el destino final, el Polo Norte.
No había sido fácil llegar hasta allí; le había costado más dinero del que podía pagar y más frío del que hubiese querido tener que soportar. Pero allí estaba, en mitad de Groenlandia, un 23 de Diciembre, a las puertas de la casa-museo de Papá Noel.
Era todo como él esperaba, una especie de parque temático noelístico, con aquella cabaña tan tópica llena de detalles supuestamente fieles: aquellos elfos mecánicos que producían juguetes en masa; aquel establo en el cual personas crédulas y encantadas podían acariciar a Rudolph y demás compañía e incluso darles a comer una manzana con sus propias manos.
Lo que no esperaba era el libro. Estaba encima de la mesa, al lado de unas gafas de anciano y un fajo de cartas de niños esperanzados, y nadie lo miró dos veces. Mas él era investigador concienzudo y se guardó el libro bajo el abrigo en cuanto tuvo oportunidad.
Porque ese libro era el diario de Papá Noel, y a la vez la prueba última del montaje.
No lo leyó inmediatamente. El saber que por fin tenía en sus manos el objeto final de su triunfo le hizo querer saborear el momento con calma, así que esperó a estar en su casa, justo el día de Navidad, calentito y lleno de sano cinismo, para abrirlo y comenzar a leer.
Llevaba quince o veinte páginas cuando se dio cuenta de que había perdido.
El diario no lo había escrito el mismo Papá Noel, desde luego. Pero lo había escrito alguien que comprendía su esencia. Y esa esencia era tan profunda, tan enorme en su absurdo, que no habría forma humana de utilizar el libro como prueba de la inexistencia de su supuesto autor. Al contrario, sólo serviría para reforzar la fe.
El diario hablaba de noches enteras leyendo entre risas y suspiros todas las cartas de niños que pedían cosas, cosas que se parecían de modo alarmante a las que pidió él en su momento. Cartas que llevaban a pensar a ese actor que representaba a Papá Noel y que en sus ratos de tranquilidad había escrito aquel diario como reflexión sobre el personaje que interpretaba que era mejor que esos niños recibiesen un robot o un nuevo coche teledirigido. Reseñas fechadas en que aquel supuesto Papá Noel intentaba explicar que no estaba ni en sus manos ni probablemente en las de nadie conceder la resurrección de un abuelo muerto, ni la invisibilidad, ni la anulación del divorcio de unos padres y que era mejor que el niño jugase y se olvidara mientras pudiese de que en unos pocos años no habría juguete u objeto capaz de hacerle olvidar que la muerte existe. La muerte y el dolor y la decepción.
No sabía Ramón quién había escrito todo aquello, pero fuera quien fuese había meditado lo suyo y había intentado poner esas reflexiones en la cabeza de una leyenda, otorgándola más humanidad de lo que por sí misma pudiera tener y dotándola de una cierta tristeza, la de saber que no hay edad que te salve de unas cuantas desilusiones. Que el único regalo que concedía Papá Noel, el motivo de su existencia y el mantenimiento de ésta frente a lógica y razón era dar a los niños una suerte de esperanza, un motivo para creer, creer contra viento y marea en algo que escucha, y protege y concede.
Creer en la magia, porque al fin y al cabo todo se reducía a eso. Y que te regalen magia en un mundo despiadadamente pragmático es un regalo.
Ramón no obtuvo su triunfo, ni tampoco obtuvo su regalo porque ya era tarde para creer en la magia y de todos modos tampoco se atrevía a hacerlo tras tantos años de intentar acabar con ella.
Lo único que obtuvo Ramón fue un alivio para su obsesión. Y en ese momento, en aquel instante en que el trauma se suavizó, en que todo encajó de forma nueva y Ramón aceptó que jamás podría vencer sobre algo así, pasaron dos cosas: empezó a nevar, y un grupo de niños se puso a cantar un villancico que hablaba sobre la Nochebuena y Papá Noel surcando la noche con su trineo y riendo
Ho! Ho! Ho!
jueves 13 de enero de 2011
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