Nunca más volvería a besar a un sapo.
La princesa llevaba ya dos divorcios y empezaba a desesperarse. Con lo princesa que era ella, de las de huso y rueca, siete colchones en la cama y hada madrina desde el bautizo... ¿Por qué había salido todo tan mal?
Se acordaba del día en que conoció al que se convertiría en su primer marido, un sapito encantador y tímido que le presentaron en una almohadita de terciopelo granate. Un príncipe de los de toda la vida convertido en anfibio hacía años por un conjuro maligno que sólo se desharía con un beso de amor.
Aunque la princesa no estaba del todo segura de poder darle un beso de amor a un sapo y menos aún a uno que acababa de conocer, creía firmemente en los cuentos de hadas y en su derecho a encontrar a su príncipe azul a la primera, así que hizo lo que pudo y le dio un beso no de amor sino más bien de esperanzas. Y el sapo se convirtió en un apuesto príncipe.
Se casaron al día siguiente, y todo auguraba que sí, comerían perdices. Pero la noche de bodas el príncipe comenzó a mostrar un comportamiento algo extraño: minutos después de haberse metido la feliz pareja en la cama y cuando la princesa empezaba a bajarse discretamente el tirante del camisón, el príncipe dio un brinco fuera de la cama y murmurando incomprensibles excusas salió de la habitación.
La princesa pensó en lo tierna que resultaba tanta timidez, y, encantada de la vida, se sentó junto a la ventana a cepillarse el cabello. Fue así cómo descubrió a su esposo reptando por todo el jardín mientras cazaba lombrices, babosas y otros bichos repugnantes que después engullía con gran deleite.
“Esos labios nunca, pero nunca más besarán los míos”, se dijo la princesa, horrorizada.
Antes incluso de que amaneciese, un príncipe muy perplejo fue arrojado de mala manera del castillo con un acuerdo de divorcio en las manos y un gusano a medio tragar asomando por la comisura de la boca.
La princesa lloró mucho, no sabía si por la humillación, la desilusión o porque era lo que se esperaba de ella; pero a los tres meses hizo de tripas corazón y les pidió a sus padres y al hada madrina que le buscaran un príncipe algo menos exótico en sus hábitos alimenticios.
Se entrevistó a todos los sapos encantados del reino hasta que por fin se dio con uno al que no le gustaba comer insectos. Se repitió el proceso de presentación, beso y transformación mágica, y la pareja fue desposada.
Las noches eran maravillosas; el príncipe era apuesto y encantador y mimaba a la princesa de todas las formas posibles. Pero a los pocos meses, apenas entrado el otoño, ella se dio cuenta de que le resultaba algo arduo encontrar a su esposo por las mañanas.
Qué bien, pensaba la princesa, un príncipe misterioso que desaparece durante el día. Intuía nueva maldición de por medio y, con gran entusiasmo, se dedicó a inspeccionar todas y cada una de las habitaciones del castillo con la esperanza de encontrarse alguna llena de cabezas cortadas o rastros de plumas de cisne. Pero lo que se encontró fue a su marido escondido dentro de un armario.
- Me gustan los lugares oscuros - fue la única explicación que dio él.
La princesa intentó convivir con aquella afición tan extraña resignándose a no ver a su esposo más que por las noches. Pero cuando llegó el invierno y él preparó una madriguera, anunciando que se disponía a hibernar hasta que llegase la primavera y que ya saldría cuando fuera tiempo de aparearse, la princesa perdió la poca paciencia que le quedaba y le dio dos opciones: un divorcio rápido o la muerte por deshidratación en el desierto más lejano del reino.
La princesa lloraba pensando en su situación tan triste y en tener que seguir besando sapos una y otra y otra vez para tener después que divorciarse de ellos, a pesar de ser ella una verdadera princesa que debería ser capaz de convertir a un sapo encantado en un verdadero príncipe. Pero, tras varias semanas de llanto y confusión, sus lágrimas se secaron, su semblante se endureció de pura decisión y su fe en los cuentos de hadas se desvaneció por completo.
También desapareció la varita mágica del hada madrina...
Nunca más volvería a besar a un sapo. Ninguno era un príncipe verdadero. Ahora seré yo el sapo, se dijo la princesa tocándose la coronilla con la varita mágica, y sólo un príncipe verdadero podrá besarme esta vez.
miércoles 17 de marzo de 2010
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