viernes 29 de enero de 2010

Bloqueo (un ejercicio)

Estoy muy bloqueado.

Mi cuaderno de notas está lleno de argumentos fantásticos, de personajes magníficos, de finales sorprendentes y giros narrativos de aplauso. Cinco, doce, hasta diecinueve relatos distintos hacen cola pacientemente en mi cabeza en espera de salir a la luz.
Pero estoy bloqueado; cada vez que me siento delante del ordenador olvido todas las historias, y ni leyendo una y otra vez el cuadernito logro hilarlas como es debido.

Lo he intentado todo; he probado a escribir desde un principio cualquiera, pero todos se niegan a tener nada que ver con el resto de la trama. Peor aún es cuando lo intento desde el final, porque para entonces los principios han hablado con las mitades y éstas están tan enfadadas conmigo que a quien no hablan es a mí, y el pobre relato no consigue pasar de ser una única frase lapidaria que resuelve un conflicto inexistente.
Me inquieta, esto de la resolución de conflictos, indispensable si quiere uno ser buen escritor. Pero es que eso de tener uno o varios que a pesar de ser invención mía no sé muy bien de dónde vienen y que tampoco adivino a resolver se asemeja demasiado a la estructura de mi propia vida, y no quiero ni pensar en las implicaciones personales que eso conlleva, porque a su lado todo conflicto, literario o no, se queda muy pequeño y yo igual de bloqueado, deprimido y sintiéndome un inútil.

Hace poco le comenté a otro compañero de letras lo muy bloqueado que estaba, y me sugirió que todos los días encendiese el ordenador y me sentase frente a él, escribiendo lo que fuese, cualquier cosa, porque a veces los bloqueos son productos del miedo a la página en blanco, y una vez que la página en blanco deja de serlo la creatividad vuelve a fluir naturalmente.
Me pareció un buen consejo y el pasado lunes, muy animado, encendí el portátil, abrí una página de Word y me senté ante ella.
Nunca hubiera yo pensado que una pantalla pudiese ser tan hostil. Nos quedamos mirándonos fijamente, la página de Word y yo, en un duelo de voluntades que perdería quien se doblegase antes. Media hora después Word salió triunfante mientras yo me retiraba, humillado y viendo lucecitas en forma de cuadrados blancos por todas partes. Desde entonces tengo el convencimiento de que no temo a la página en blanco, sólo la respeto muchísimo más que ella a mí.

Si no estuviese tan bloqueado, intentaría escribir a mano, pero me da miedo lo que pueda llegar a hacerme el lápiz.

Y lo peor de todo esto no es que esté incumpliendo todos los plazos de entrega, ni que mi contrato pueda ser anulado de un momento a otro; lo peor es la frustración de no saber por qué de repente me cuesta tanto escribir hasta la cosa más sencilla. No es el miedo al éxito, porque para mi gusto el éxito más que algo que temer es algo que desear, sobre todo si aún no se ha disfrutado plenamente de él. Además, si se tiene obtiene una vez ya no hay razón para alarmarse, porque en el mundo editorial lo que tiene éxito es el nombre y el libro ni cuenta, así que si consigues un único bombazo y el mundo se da cuenta de repente y tras haber declinado leer tus ochenta y tres obras anteriores de que sí, existes, te puedes relajar y dejar de exprimirte la sesera en busca de argumentos.

No, seguro que el éxito y yo nos ibamos a caer bien...

Tampoco es lo que llaman “miedo al final del cuento” porque lo que me da miedo es no terminarlo nunca y que los personajes sigan a sus anchas riéndose de mí porque no sé que hacer con ellos, y este miedo no cuenta porque ningún manual de escritura habla de él.

Ni un relato, ni una carta, ni un diálogo ni una anécdota. No logro escribir nada, y cuanta más nada escribo más me pierdo a mí mismo, porque ¿qué es un escritor que no escribe?
Una antítesis. Una paradoja. Eso soy yo, la personificación de una figura literaria que no sabe cómo sacar partido de sí misma.

Estoy muy bloqueado. Tanto, que tengo que escribir sobre ello.