martes 29 de diciembre de 2009

La tumba del hámster

Nunca quedó claro de qué murió el hámster, porque nadie se molestó en llevarlo al veterinario cuando se hizo evidente que el animalito no se encontraba demasiado bien. Pero se lamentaron mucho e incluso llegaron a llorar el día en que lo descubrieron muerto en su jaula, el pelaje áspero y sin brillo y el cuerpecillo frío, muy frío.

Discutieron los detalles del entierro, ya que por supuesto lo habría; sería al atardecer, pues no estaban muy seguras de que estuviese permitido enterrar mascotas muertas en el parque público de al lado, y Celia rebuscó en los cajones de su madre hasta dar con un viejo joyero de terciopelo granate, lujoso ataúd para tan pequeño animal.

Mientras lo envolvían en un blanco sudario de kleenex , Blanca pensaba que ya podrían haberle buscado otro ataúd al hámster, porque el joyero era una monada que a ella le hubiese gustado quedarse, vaya una lástima meterlo bajo tierra con un roedor muerto dentro. Pero le daba vergüenza reclamar el joyero para sí, siendo el hámster y la caja de Celia, y además, sentía un cierto pudor ante la idea de arrebatarle a un muerto, roedor o no, su última morada, y todo por egoísmo, así que se quedó callada. Antes de que cerrasen para siempre la tapa del joyero y, para aliviar su conciencia, trajo de su casa unas flores secas que conservaba desde hacía tiempo y las puso con cuidado junto al momificado cuerpo del hámster.

El entierro fue muy rápido, no fuese a aparecer algún guardia. Encontraron un buen sitio debajo de un abeto, y excavaron un pequeño hoyo a fuerza de uñas. Apenas cupo el joyero, lo taparon a toda prisa y aplanaron bien la tierra para que no se notase.
La ceremonia fue más larga y mucho más bonita. Rezaron un par de padrenuestros porque no se acordaban de otra cosa y pusieron unas flores encima de la improvisada tumba. Lloraron un poquito y se marcharon cogidas de la mano en mutua muestra de apoyo.

Que Blanca recordase, sólo otra vez más habían estado Celia y ella juntas ante la tumba del hámster. Había sido una noche de verano en que las dos venían borrachas como cubas y Celia propuso subir al parque para ver si se les pasaba la mona, así no se podía volver a casa. Y, caminando por el parque sin rumbo fijo, fueron a dar con el abeto y la tumba que bajo él había y que ellas habían excavado tres años antes. Se sentaron sobre ella, con todo respeto, y pasaron un par de horas hablando de la muerte, de la vida, de la amistad y de que siempre serían amigas, siempre como hermanas.
Blanca se preguntaba en qué estado estaría el hámster después de tanto tiempo. ¿Habría un esqueletillo en la caja granate, o quizás ya no hubiese más que cenizas? En realidad, ¿qué quedaba del hámster, en general, de su ser, de su vida, de su muerte?
Cuando Blanca se ponía en ese plan, Celia se estremecía; traía mal fario hablar de la muerte y preguntarse esas cosas. Una se volvía loca si le daba vueltas a aquellas cuestiones que nadie podía saber, así que cambió de tema y al rato se fueron cada una a su casa, Celia haciendo votos para que su madre no se despertase al oírla llegar; Blanca pensando, sin querer, en el hámster.

Más tarde y muchas, infinitas veces más, Blanca pasó cerca del abeto, unas veces sola y otras del brazo del hombre que después se convertiría en su marido, y, en ocasiones el recuerdo de la tumba del hámster aparecía en su memoria. Nunca dejó de preguntarse qué quedaría de él, y a veces le daban ganas de ir y escarbar hasta encontrar el joyero granate y abrirlo. Pero le daba la impresión de no querer saber lo que podía haber dentro porque se parecería demasiado a lo que quedaba de su amistad con Celia: o bien nada, (después de casi veinte años era difícil que quedase no te digo ya hámster sino joyero siquiera), o los restos descompuestos y pestilentes de lo que una vez fue algo vivo, calentito y precioso.

No, Blanca prefería la incertidumbre y la magia cotidiana de ir conservando en el formol del recuerdo lo que uno tiene aunque se acabe de ir o se esté yendo, poco a poco y agitando la mano en un adiós para siempre.

Ella y Celia siempre serían amigas. Aunque ya hacía muchos años que no se veían ni nada sabían una de otra, Blanca lo sentía dentro de sí; estuviera donde estuviese Celia, que se largó a Alemania a los veintitrés años y que, aunque al principio le escribía mucho fue perdiendo el contacto con el tiempo, la seguía queriendo y pensando en ella como en una hermana. Igual le pasaba a Blanca.

Le siguió pasando toda su vida, aunque al final, al poco de perder a su marido y con él su capacidad de sentir y preguntarse por el sentido de la vida, la muerte y los recuerdos, se le fueron olvidando muchas cosas, muchas caras, muchos nombres. En su memoria, Celia a veces tenía quince años y hablaba profundos sinsentidos debajo de un abeto; otras veces era más mayor y se iba, Blanca no recordaba adónde ni por qué ni sentía la pena que le parecía debiera sentir al despedirse.
Muchas veces Celia no era nadie, sólo un lema, una sensación de no estar sola, de que alguien andaba por ahí cerca. “Como hermanas, para siempre”, musitaba Blanca tratando de averiguar dónde había escuchado y qué significaba esa frase, por qué la llenaba de una dulce melancolía pensar en ella.

También había algo que olvidaba acerca de ese abeto delante del que pasaba muchos días, del brazo de la enfermera. A veces se paraba delante de él y lo miraba, le pedía que le contase qué secreto les unía. Pero entonces la enfermera tiraba suavemente de ella y Blanca renqueaba dócil detrás, alejándose cada vez más de Celia, de la vida, y de la tumba del hámster.