miércoles 23 de septiembre de 2009

La venganza del dummy


Estaba llegando al límite de su paciencia.


Tres meses. Casi 100 días de palizas injustificadas. Y sí, había algunos días en que ni siquiera aparecía por allí, pero cuando lo hacía nunca se iba sin darle cuatro o cinco golpes. Eso, con suerte...


Debía haberlo sabido, debía haber visto en su cara que era “uno de esos” el mismo día en que le llevó a casa. Pero a veces las apariencias engañan, y esperaba que en este caso fuese así, otro perro ladrador que mordía poco y al final acababa dejándole cubrirse de polvo y telarañas tranquilamente, sin molestar a nadie ni ser molestado.


No es que la bienvenida al nuevo hogar hubiese sido distinta a las anteriores: le arrastraban a la casa en cuestión y le clavaban a la pared, bien fijadito para que no ofreciese demasiada resistencia. Y una vez clavado, ¡bum!, los primeros golpes para quedar seguros de que no se movería del sitio. A veces incluso había varias personas participando del ritual, pero casi nunca volvían a atacarle en grupo. Hubo uno o dos que no volvieron a atacarle en absoluto, y era por ello que conocía más de una casa; no como el resto de sus compañeros, a muchos de los cuales no había vuelto a ver nunca.Pero este tipo era un vicioso del tema. Podía oírle caminar por la casa, hasta le veía pasar de largo, en dirección al baño u otra habitación. Y cuando por fin se permitía suspirar de alivio pensando que quizás ese día iba con prisas, el hombre volvía sobre sus pasos, entraba en la habitación como una tromba y ¡zas!.


Lo malo no eran sólo los golpes que le daba, no. Este incluso le increpaba, le decía que hacía mucho que no se veían las caras y que se iba a enterar cuando lo hicieran. Y eso era lo que le estaba llevando al límite; esa arrogancia, esa presunción, cuando era él el que estaba atado a la pared mientras el otro podía moverse libremente.Pero ah, la situación estaba cambiando sutilmente. El tipo no se había dado cuenta de que tanto golpe estaba consiguiendo sacarle de sus anclajes. Ciertamente, parte de su cuerpo se estaba quebrando también, y eso dolía, pero cada veta astillada le acercaba un poquito más a su libertad.


Y a su venganza.


Por eso, últimamente, cuando era golpeado una y otra vez; cuando puños y patadas llovían sobre él, pensaba “sí, un día nos veremos las caras tú y yo. Antes de lo que tú te piensas”, y dolor y regocijo se hacían una misma cosa cuando sentía los clavos cediendo, cediendo cada vez más.


Hubo un momento de pánico una noche en que, cuando estaba durmiendo tranquilamente, sintió que todo su ser se separaba de la pared. No, rogó desesperado, no permitas que me encuentre en el suelo. Aguanta un poco más, sólo un poquito más.


Y los dioses de la madera escucharon, y los dioses de la madera le otorgaron unas horas más de estabilidad, las suficientes como para mantenerse en su sitio hasta el día siguiente, cuando el tipo volvió y se ensañó de nuevo con él.Aguantó unos instantes, regodeándose en la perspectiva del muy próximo futuro, sólo por disfrutar del momento mientras el otro seguía confiado. Y de repente vio el hueco, vislumbró el momento justo y se dejó llevar.


Era una lástima que no hubiese sido uno de sus picos en particular el que se hubiese astillado. Pero, perfección de lado, su peso y sus picos, aunque bastante romos, se ocuparon del trabajo sin problemas. Todo su considerable peso se abalanzó sobre el hombre, que, sorprendido, cometió el error de abrir los brazos para intentar mantenerle en su sitio.Uno de los picos presionó contra su ojo, con fuerza, como queriendo hundírselo en el cráneo. Otro fue a por el bazo, pero erró la dirección y acabó incrustándose en una costilla, que partió con notable éxito. El tipo aulló y perdió momentáneamente el equilibrio, cayendo al suelo con el dummy encima.


El impacto tuvo varias consecuencias: la pata del dummy cayó sin piedad sobre la rodilla del hombre, torciéndola en un ángulo nuevo y desconocido para la articulación; uno de los brazos quedó a un lado de su cabeza, en una extraña posición que daba a hombre y dummy el aspecto de dos amantes en el amago de un beso . El ojo, acosado por el otro brazo, cedió hacia dentro, emitiendo un ruidito parecido al que hace un desagüe cuando quitas el tapón.Si el hombre no hubiera chillado tanto, mareado por el dolor, el impacto y el peso que cubría su cuerpo dejándole prácticamente sin aire, puede que hubiese pensado que las astillas del dummy, que crujían por el súbito y violento descenso a tierra, se parecían mucho a una risa demente.


lunes 14 de septiembre de 2009

Poltergeist

Uno de mis primeros relatos...

No es que le gustara especialmente esa casa, ni esa familia, ya de paso; pero fue atraído allí, sin que él supiese por qué, y allí se tuvo que quedar.

La verdad es que lo único que deseaba es que le dejasen tranquilo, tener un poco de tiempo para pensar en lo que le estaba sucediendo, pero no había forma, todo acababa siendo un enorme follón. Y su carácter de adolescente no podía por menos de rebelarse.

Que dejaba un vaso usado sobre la mesa antes vacía... gritos. Que movía una silla para sentarse... gritos. La mujer esa era una histérica, siempre gritando y asustándose por todo, ¡demonios! Y él no quería asustarla, pero a veces se enfadaba tanto que tenía que romper algún plato, o bueno, más que alguno, como alternativa a cogerla a ella de los pelos y zarandearla hasta que se le pasase el ataque de nervios.

Era extremadamente difícil vivir, ¿vivir?, así. Gran parte del tiempo la pasaba en la habitación de la chica, el único sitio en el que se sentía un poco en paz. Ella le transmitía esa sensación, y por ello había acabado cogiéndole cariño.

Era curioso, la primera vez que la vio le recordó vagamente a su hermana, algo más morena, un poco más pequeña, pero en común un candor inocente, unos ojazos abiertos que solían hablar más que su boca. La chica no se asustaba de él, no corría a pedir ayuda cuando encendía la radio para oír un poco de música, no saltaba entre alaridos cuando se sentaba en la cama, junto a ella, buscando un poco de compañía.

Había veces en que no salía de su habitación durante días enteros, pero claro, alguno de los otros tenía que entrar a dar por saco. El chaval ese repelente, con sus gafitas y sus respuestas para todo tenía la costumbre de entrar cuando ella no estaba y rebuscaba dios sabe qué por sus cajones. Le ponía enfermo, le indignaba esa violación de la intimidad de ella, y no podía resistirse, le tiraba uno o dos libros, volcaba las sillas, apagaba las luces... lo que fuera, sólo por darse el gustazo de verle palidecer de miedo y salir corriendo a buscar a su mamá.
En ocasiones, esas incursiones le enfurecían más de lo habitual, y salía corriendo detrás del pobre chaval, destrozando todo lo que a su paso hallaba. Explotaban las bombillas, se caían los cuadros... y eso sólo le irritaba más, le irritaba y le regocijaba al tiempo, je, tanto poder, esa capacidad de someter por miedo a aquellos que le molestaban. Y se reía mucho, viendo al chiquillo repelente y a la madre histérica abrazaditos en tembloroso montón mientras él arramblaba con los muebles, los cd´s, los jarrones, un vendaval de objetos que parecían haber adquirido vida propia.

Pero luego llegaba ella, y cuando él, satisfecho y por fin tranquilo en su refugio, la veía entrar por la puerta, con los ojos tristes tras haber oído la retahíla de espantos que en su ausencia habían acontecido, lloraba, lloraba desconsolado pensando en aquella casa de la que no podía salir y en esa familia que le aborrecía; pensando en aquel pico chungo que se le había llevado por delante, el frío inmisericorde y en lo azulado de su piel y sus labios; en su madre, que lloró sobre su pecho sin oír como él, también llorando, le pedía perdón una y otra vez.

No se acordaba de demasiadas cosas, pero sí se acordaba de aquel día, y del rostro de su madre, al igual que vagamente personificaba a su hermanita en aquella chica que aceptaba su presencia en silencio. Se sentía bien a su lado, sin saber por qué, quizás por eso estaba allí, a lo mejor era aquello lo que le daba fuerza.
Querría estar con ella todo el tiempo, por sentirse tranquilo, y por ella, por protegerla y no dejarla sola como hizo con su hermana, con todos. Pero no podía salir, y le irritaban todas aquellas largas horas en que ella estaba en el colegio y él se quedaba solo en aquella casa llena de gente que comprendía tan poco como él lo que estaba sucediendo.

A veces ella llegaba y se echaba a llorar. Él le preguntaba qué sucedía, intentaba animarla aun sabiendo que no podía oírle. Y al final, desesperado, la abrazaba, triste por ella, por él, quebrándose de nuevo cuando ella se ponía rígida por un momento para después relajarse, dando la bienvenida a ese abrazo frío que intentaba desesperadamente mostrar algo de calidez.
Incluso hubo alguna vez en que, tímidamente, le dio un beso en la mejilla, borrando el rastro de las silenciosas lágrimas, para luego retirarse bruscamente, avergonzado, mientras ella se llevaba la pequeña mano al rostro...

Nunca supo el miedo que pasaba ella por él, por aquella figura traslúcida y gris de enormes ojos vacíos y tristes que había vislumbrado a veces en la oscuridad. Nunca supo los trabajos que ella tenía que pasar para aparentar normalidad, para evitar dar más pie a sus padres, que estaban convencidos de que la casa estaba invadida de poltergeist hostiles y pensaban en mudarse o en llamar a un exorcista que les librase de ellos. Ella le tenía un poco de miedo, sí, pero casi siempre le podía la pena, porque él era como ella, algo mayor quizás, pero al fin y al cabo un pobre chico perdido y triste, furioso tal vez, pero perdido en resumen. A ella nunca le había hecho daño, y puede que en realidad no quisiera hacérselo a nadie, pero cuando lanzaba cosas por los aires, cuando asustaba a su familia y se reía mientras, entonces a veces le odiaba, le odiaba por su incapacidad de ver que se estaba labrando su propia desgracia, por su ceguera, por su ira.

Lo único que podía hacer era aceptar su presencia, esperar a que se fuera cuando estuviese preparado, y esperar también no echarle de menos.

Y mientras contenerse cuando, aquellas veces en que el televisor se encendía y apagaba solo, cuando las luces titilaban y los muebles bailaban por la casa pasando por encima de los cristales rotos de las ventanas, no interrumpir el pánico de su familia, que hablaba de salir corriendo, para decirles que lo que había en aquella casa era sólo un chico triste y perdido que lo único que deseaba era dejar de sentir el enorme frío de haber muerto y que se enfadaba al no lograrlo nunca.