
Estaba llegando al límite de su paciencia.
Tres meses. Casi 100 días de palizas injustificadas. Y sí, había algunos días en que ni siquiera aparecía por allí, pero cuando lo hacía nunca se iba sin darle cuatro o cinco golpes. Eso, con suerte...
Debía haberlo sabido, debía haber visto en su cara que era “uno de esos” el mismo día en que le llevó a casa. Pero a veces las apariencias engañan, y esperaba que en este caso fuese así, otro perro ladrador que mordía poco y al final acababa dejándole cubrirse de polvo y telarañas tranquilamente, sin molestar a nadie ni ser molestado.
No es que la bienvenida al nuevo hogar hubiese sido distinta a las anteriores: le arrastraban a la casa en cuestión y le clavaban a la pared, bien fijadito para que no ofreciese demasiada resistencia. Y una vez clavado, ¡bum!, los primeros golpes para quedar seguros de que no se movería del sitio. A veces incluso había varias personas participando del ritual, pero casi nunca volvían a atacarle en grupo. Hubo uno o dos que no volvieron a atacarle en absoluto, y era por ello que conocía más de una casa; no como el resto de sus compañeros, a muchos de los cuales no había vuelto a ver nunca.Pero este tipo era un vicioso del tema. Podía oírle caminar por la casa, hasta le veía pasar de largo, en dirección al baño u otra habitación. Y cuando por fin se permitía suspirar de alivio pensando que quizás ese día iba con prisas, el hombre volvía sobre sus pasos, entraba en la habitación como una tromba y ¡zas!.
Lo malo no eran sólo los golpes que le daba, no. Este incluso le increpaba, le decía que hacía mucho que no se veían las caras y que se iba a enterar cuando lo hicieran. Y eso era lo que le estaba llevando al límite; esa arrogancia, esa presunción, cuando era él el que estaba atado a la pared mientras el otro podía moverse libremente.Pero ah, la situación estaba cambiando sutilmente. El tipo no se había dado cuenta de que tanto golpe estaba consiguiendo sacarle de sus anclajes. Ciertamente, parte de su cuerpo se estaba quebrando también, y eso dolía, pero cada veta astillada le acercaba un poquito más a su libertad.
Y a su venganza.
Por eso, últimamente, cuando era golpeado una y otra vez; cuando puños y patadas llovían sobre él, pensaba “sí, un día nos veremos las caras tú y yo. Antes de lo que tú te piensas”, y dolor y regocijo se hacían una misma cosa cuando sentía los clavos cediendo, cediendo cada vez más.
Hubo un momento de pánico una noche en que, cuando estaba durmiendo tranquilamente, sintió que todo su ser se separaba de la pared. No, rogó desesperado, no permitas que me encuentre en el suelo. Aguanta un poco más, sólo un poquito más.
Y los dioses de la madera escucharon, y los dioses de la madera le otorgaron unas horas más de estabilidad, las suficientes como para mantenerse en su sitio hasta el día siguiente, cuando el tipo volvió y se ensañó de nuevo con él.Aguantó unos instantes, regodeándose en la perspectiva del muy próximo futuro, sólo por disfrutar del momento mientras el otro seguía confiado. Y de repente vio el hueco, vislumbró el momento justo y se dejó llevar.
Era una lástima que no hubiese sido uno de sus picos en particular el que se hubiese astillado. Pero, perfección de lado, su peso y sus picos, aunque bastante romos, se ocuparon del trabajo sin problemas. Todo su considerable peso se abalanzó sobre el hombre, que, sorprendido, cometió el error de abrir los brazos para intentar mantenerle en su sitio.Uno de los picos presionó contra su ojo, con fuerza, como queriendo hundírselo en el cráneo. Otro fue a por el bazo, pero erró la dirección y acabó incrustándose en una costilla, que partió con notable éxito. El tipo aulló y perdió momentáneamente el equilibrio, cayendo al suelo con el dummy encima.
El impacto tuvo varias consecuencias: la pata del dummy cayó sin piedad sobre la rodilla del hombre, torciéndola en un ángulo nuevo y desconocido para la articulación; uno de los brazos quedó a un lado de su cabeza, en una extraña posición que daba a hombre y dummy el aspecto de dos amantes en el amago de un beso . El ojo, acosado por el otro brazo, cedió hacia dentro, emitiendo un ruidito parecido al que hace un desagüe cuando quitas el tapón.Si el hombre no hubiera chillado tanto, mareado por el dolor, el impacto y el peso que cubría su cuerpo dejándole prácticamente sin aire, puede que hubiese pensado que las astillas del dummy, que crujían por el súbito y violento descenso a tierra, se parecían mucho a una risa demente.
