De vez en cuando alguien me pide permiso para colgar algún relato en su página. Mi agradecimiento, entre otros amigos, a Ishmael, Joseph y Daniel, que no sólo me visitan sino que se molestan en hacerme un hueco en su propio site, dándome así ánimos para seguir escribiendo y publicando.
Andar por páginas ajenas es como ir de viaje: no sabes si lograrás entenderte con la población "extranjera", que puede muy bien no hablar tu idioma; temes caer en la incorrección política por ignorancia en los usos y costumbres; no sabes qué comerás allí, ni si podrás quedarte a dormir o tendrás que coger el primer avión de vuelta a tu propio hogar. Pero muchas veces te animas a ir, y conoces paisajes nuevos, gente que te sorprende pareciéndose a ti en lo que creías que nadie más compartía, incluído el idioma; comes cosas que te gustan aunque al principio te parecían extrañas. Y sí, muchas veces puedes quedarte a dormir, y vuelves a casa pensando en cuándo podrás visitar esos mundos de nuevo y reunirte con los amigos que allí hiciste.
Visitad otros mundos, si queréis, yo os dejo aquí algunas direcciones. Quién sabe, quizás también encontréis algún amigo inesperado por allí.
" Viajar es imprescindible y la sed de viaje, un síntoma neto de inteligencia". Enrique Jardiel Poncela
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viernes 26 de junio de 2009
sábado 6 de junio de 2009
Espiral retributiva
¿Os habéis preguntado alguna vez porque el mundo es redondo ?
No es porque lo digan los científicos, ni porque sea un elipsoide un poco irregular, ni por apartar la posibilidad de que la tierra sea un disco plano al final de cuyas fronteras sólo cabe la existencia de un precipicio que conduce al vacío del universo.
El mundo, la tierra es redonda porque ha hecho un pacto con la vida, y la vida es una espiral.
Esta espiral se agarra a la tierra en un abrazo asfixiante, una autoritaria simbiosis en la que ella domina con su movimiento infinito. De dentro a fuera, de fuera a dentro. De arriba a abajo, de abajo a arriba, ésta es la danza espiral que nos exige ser su pareja de baile.
Hay quien cree que la vida es lineal, un camino recto que parte de la nada para en la nada acabar. Otros creen que es una línea irregular, una ruta serpenteante por la que avanzamos con pasos sinuosos de encrucijada en encrucijada y sin ver nunca el final ante nuestros ojos.
Pero esto, al igual que pensar que la tierra es redonda por un capricho mórfico, o por el antojo de algún Dios que se entretenía jugando a la geometría con el barro, es mentira. La vida es una espiral circular, parte de un lugar para extenderse hacia otro pasando infinitas veces por el camino ya recorrido.
Y nosotros vivimos abrazados a esta espiral que su vez abraza al mundo. Andamos nuestro camino de experiencia en experiencia, saltando obstáculos, venciendo titanes, creando dioses, y pensando que una vez lo hayamos hecho no tendremos que volver a hacerlo nunca.
¿Cuántas veces nos habremos llevado las manos a la cabeza al encontrarnos en una situación ya conocida, demasiado conocida para nuestro gusto, una de esas situaciones de las que pudimos salir una vez luchando con uñas y dientes, sin saber muy bien si lo conseguiríamos o no?. Pero logramos salir, asombrados, con una nueva dimensión de nosotros mismos y de nuestras debilidades y fortalezas, y avanzamos pensando que la lección ya está aprendida. Salimos llenos de heridas y sangrando pero a la vez creyéndonos más sabios, más fuertes, intentando convencernos a nosotros mismos, con el alma aún temblorosa: "esto no me va a volver a pasar a mí".
Y de repente, cuando la lucha quedó lejos y casi olvidada, guardada cuidadosamente y con la etiqueta de "No Tocar" en ese cajón de la mente el que metemos las pesadillas y las realidades demasiado dolorosas como para poder aceptar que sean verdaderamente reales, la vida baila de dentro a fuera, de fuera a dentro, y nos encontramos con la misma situación, con la misma lucha una vez más.
Da igual el tiempo transcurrido, así como tampoco tiene importancia que ciertas situaciones se disfracen de obras nuevas representadas en teatros a los que se cambió la fachada. Habrá una nueva compañía de actores que representarán los mismos papeles que otros representaron a su vez. Cambiarán las caras, pero no los corazones, las palabras, los actos. Nos encontraremos otra escenografía, otro decorado, pero la situación, la trama, será la misma. Y de nuevo comenzará la función, con nosotros como protagonistas, y ante ese público al que jamás vemos y que nunca aplaude. Y pensaremos, entonces, ¿cómo es posible que me vuelva a pasar esto? ¿Por qué otra vez, porque no puedo escapar nunca de este problema? ¿Acaso no soy ahora más fuerte, más sabio?
La angustia nos besará con sus labios fríos y duros, y nos convenceremos de que en realidad no acabamos el combate anterior siendo más fuertes, más sabios, más invulnerables. Pensaremos que la vida es injusta, que somos tontos, incapaces de avanzar o superar ciertas pruebas que parecen repetirse una y otra vez. Pensaremos que no hay un dios allí arriba, ni compasión aquí abajo.
Pero lo que nunca pasará por nuestra mente es que todo esto ocurre porque la vida, que veces puede parecernos un carnaval, un valle de lágrimas, una lotería sin boleto, en realidad no es más que una espiral infinita que baila de abajo a arriba, de arriba a abajo. Y lo que es más, la vida no solamente es una espiral, es también una jugadora y nosotros somos su apuesta más fuerte.
La vida quiere ganar, siempre quiere ganar, y nosotros somos como los caballos que corren en un hipódromo, los caballos de la vida que exige que ganemos la carrera. Y si, por algún azar, no ganamos la carrera, se nos volverá a colocar una y otra vez en el punto de salida de ese hipódromo que odiamos, y se nos hará correr y correr hasta que seamos capaces de salir vencedores. La vida es una espiral que desea ser retributiva. Somos sus caballos, sus galgos, sus zorros, su tirada de naipes, y desea que ganemos para así poder ganar ella. La retribución que recibiremos cuando la vida encuentre otros caballos a los que hacer correr será un sueldo pagado con nuestras lágrimas, nuestros pequeños triunfos, nuestras grandes derrotas, los trofeos de guerra que conseguimos llevarnos a casa, y los que otros se llevaron y creímos no volver a ver nunca. Siempre hay una retribución, aunque a veces no nos parezca justa, o se nos antoje demasiado parca como para poder sustentarnos. Pero la vida, la espiral que abraza al mundo mientras baila con él de dentro a fuera, de fuera a dentro, de arriba a abajo y de abajo a arriba, siempre gana, y la único que podemos hacer al respecto es tratar de comprender si lo que gana ella supone una pérdida para nosotros, o si, aunque el premio no sea el que esperamos, al final ganamos nosotros también.
No es porque lo digan los científicos, ni porque sea un elipsoide un poco irregular, ni por apartar la posibilidad de que la tierra sea un disco plano al final de cuyas fronteras sólo cabe la existencia de un precipicio que conduce al vacío del universo.
El mundo, la tierra es redonda porque ha hecho un pacto con la vida, y la vida es una espiral.
Esta espiral se agarra a la tierra en un abrazo asfixiante, una autoritaria simbiosis en la que ella domina con su movimiento infinito. De dentro a fuera, de fuera a dentro. De arriba a abajo, de abajo a arriba, ésta es la danza espiral que nos exige ser su pareja de baile.
Hay quien cree que la vida es lineal, un camino recto que parte de la nada para en la nada acabar. Otros creen que es una línea irregular, una ruta serpenteante por la que avanzamos con pasos sinuosos de encrucijada en encrucijada y sin ver nunca el final ante nuestros ojos.
Pero esto, al igual que pensar que la tierra es redonda por un capricho mórfico, o por el antojo de algún Dios que se entretenía jugando a la geometría con el barro, es mentira. La vida es una espiral circular, parte de un lugar para extenderse hacia otro pasando infinitas veces por el camino ya recorrido.
Y nosotros vivimos abrazados a esta espiral que su vez abraza al mundo. Andamos nuestro camino de experiencia en experiencia, saltando obstáculos, venciendo titanes, creando dioses, y pensando que una vez lo hayamos hecho no tendremos que volver a hacerlo nunca.
¿Cuántas veces nos habremos llevado las manos a la cabeza al encontrarnos en una situación ya conocida, demasiado conocida para nuestro gusto, una de esas situaciones de las que pudimos salir una vez luchando con uñas y dientes, sin saber muy bien si lo conseguiríamos o no?. Pero logramos salir, asombrados, con una nueva dimensión de nosotros mismos y de nuestras debilidades y fortalezas, y avanzamos pensando que la lección ya está aprendida. Salimos llenos de heridas y sangrando pero a la vez creyéndonos más sabios, más fuertes, intentando convencernos a nosotros mismos, con el alma aún temblorosa: "esto no me va a volver a pasar a mí".
Y de repente, cuando la lucha quedó lejos y casi olvidada, guardada cuidadosamente y con la etiqueta de "No Tocar" en ese cajón de la mente el que metemos las pesadillas y las realidades demasiado dolorosas como para poder aceptar que sean verdaderamente reales, la vida baila de dentro a fuera, de fuera a dentro, y nos encontramos con la misma situación, con la misma lucha una vez más.
Da igual el tiempo transcurrido, así como tampoco tiene importancia que ciertas situaciones se disfracen de obras nuevas representadas en teatros a los que se cambió la fachada. Habrá una nueva compañía de actores que representarán los mismos papeles que otros representaron a su vez. Cambiarán las caras, pero no los corazones, las palabras, los actos. Nos encontraremos otra escenografía, otro decorado, pero la situación, la trama, será la misma. Y de nuevo comenzará la función, con nosotros como protagonistas, y ante ese público al que jamás vemos y que nunca aplaude. Y pensaremos, entonces, ¿cómo es posible que me vuelva a pasar esto? ¿Por qué otra vez, porque no puedo escapar nunca de este problema? ¿Acaso no soy ahora más fuerte, más sabio?
La angustia nos besará con sus labios fríos y duros, y nos convenceremos de que en realidad no acabamos el combate anterior siendo más fuertes, más sabios, más invulnerables. Pensaremos que la vida es injusta, que somos tontos, incapaces de avanzar o superar ciertas pruebas que parecen repetirse una y otra vez. Pensaremos que no hay un dios allí arriba, ni compasión aquí abajo.
Pero lo que nunca pasará por nuestra mente es que todo esto ocurre porque la vida, que veces puede parecernos un carnaval, un valle de lágrimas, una lotería sin boleto, en realidad no es más que una espiral infinita que baila de abajo a arriba, de arriba a abajo. Y lo que es más, la vida no solamente es una espiral, es también una jugadora y nosotros somos su apuesta más fuerte.
La vida quiere ganar, siempre quiere ganar, y nosotros somos como los caballos que corren en un hipódromo, los caballos de la vida que exige que ganemos la carrera. Y si, por algún azar, no ganamos la carrera, se nos volverá a colocar una y otra vez en el punto de salida de ese hipódromo que odiamos, y se nos hará correr y correr hasta que seamos capaces de salir vencedores. La vida es una espiral que desea ser retributiva. Somos sus caballos, sus galgos, sus zorros, su tirada de naipes, y desea que ganemos para así poder ganar ella. La retribución que recibiremos cuando la vida encuentre otros caballos a los que hacer correr será un sueldo pagado con nuestras lágrimas, nuestros pequeños triunfos, nuestras grandes derrotas, los trofeos de guerra que conseguimos llevarnos a casa, y los que otros se llevaron y creímos no volver a ver nunca. Siempre hay una retribución, aunque a veces no nos parezca justa, o se nos antoje demasiado parca como para poder sustentarnos. Pero la vida, la espiral que abraza al mundo mientras baila con él de dentro a fuera, de fuera a dentro, de arriba a abajo y de abajo a arriba, siempre gana, y la único que podemos hacer al respecto es tratar de comprender si lo que gana ella supone una pérdida para nosotros, o si, aunque el premio no sea el que esperamos, al final ganamos nosotros también.
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