jueves 30 de abril de 2009

Teléfono de lluvia

Llevaba ya mucho tiempo sumido en el silencio, dos o tres semanas quizás, mientras yo con mi voluntad devenida mirada intentaba azuzar tanto a su timbre como a las nubes que se paseaban frente a mi ventana, odiosas de puro blanco cuando yo las quería negras.

Pero aquel martes las nubes amanecieron grises, y sonó. Sonó, bendito teléfono de lluvia.

Ven”, me dijo él cuando contesté, y apenas me di cuenta de que antes de haberlo oído ya estaba casi en la puerta, con el corazón saliéndoseme del pecho y el auricular balanceándose ahorcado de su cable, olvidado en mi prisa.

Me dejé el paraguas y los reproches que había ahorrado durante la larga espera; todo lo olvidé, hasta el húmedo frío de la lluvia en mi piel que se iba evaporando al calor de su cuerpo.

También olvidé, porque quise olvidarlo, que quizás pasarían semanas antes de que él tuviese otro día libre por mal tiempo, un día que compartir conmigo sin que su mujer sospechase. Y mientras yo viviría bajo el amparo de la trinidad ansiedad-esperanza-frustración de mirar pasar las nubes por la ventana, deseándolas negras en vez de blancas, e intentando que, a fuerza de azar y voluntad combinados, sonase el maldito teléfono de lluvia.

martes 7 de abril de 2009

Recuerdos lapidados

A las dos de la mañana me atrapó de nuevo, colándose en mi sueño sin pedirme permiso: el maldito recuerdo, ese que llevo tratando de evitar desde hace más de tres años. Me despierto de sopetón, con el rostro arrasado en lágrimas y la ansiedad de saber que no he conseguido olvidar, pese a todos mis esfuerzos.

Alargo una mano temblorosa hacia el bote de somníferos, constante guardaespaldas siempre presente en mi mesilla de noche, y me tomo un par de ellos. Me tumbo de nuevo con la mirada fija en algún punto de la oscuridad de mi dormitorio, intentando no recordar que recuerdo, pensando ferozmente en cualquier otra cosa, la que sea, cuando noto que un vestigio de memoria quiere aparecer en mi mente.

Al principio me dijeron que recordar era bueno, que era parte del proceso de recuperación, y que con el tiempo ya no volvería a sentir dolor cuando pensase en eso. El tiempo lo cura todo, lo pone todo en su sitio, bla, bla, bla.

Pero la fase de duelo no acababa nunca; en el rostro de cada persona que me cruzaba por la calle aparecía el suyo, pero no el que yo quería recordar, si no ese rostro espantoso, casi irreconocible que surgió de debajo de la sabana blanca cuando tuve que ir a reconocer el cadáver. ¿Dónde estaba ese hombre al que yo amaba? No era eso, ese amasijo de miembros rotos y quemados que sacaron del coche siniestrado. El hombre al que yo amaba estaba vivo, tenía que estarlo, y aquello estaba muerto, y no había sido una muerte gentil.

No importa cuantas fotos suyas mirara, el rostro que yo tan bien conocía había sido suplantado por ese mascarón horrible sin que yo, por más que buscase en lo más hondo de mi memoria, consiguiera devolverle su aspecto anterior.

Cuando estuvo claro que no, no lo estaba superando, pasé al plan B. Destruí sistemáticamente todos los recuerdos que de él tenía. Con el corazón hecho astillas quemé fotos, ropa, regalos, en una suerte de exorcismo de mi alma, que confiaba en la purificación por el fuego y en el humo que con suerte se llevaría esa imagen que me acosaba día y noche. No debía quedar nada de él que le permitiera a ese atroz fantasma llegar a mí; debía ser enterrado, para siempre, sin pena ni culpa.

Empecé a evitar a mis amigos. No es que tuviera nada contra ellos, pero era demasiado difícil soportar esa pregunta muda y constante en sus ojos y sus labios, ese “¿estás bien?” que flotaba alrededor nuestro aunque sólo estuviéramos tomando un inofensivo café. Además, todos intentaban ser amables, y con la mejor intención del mundo hablaban de él, contaban anécdotas suyas hasta que a mí me daban ganas de aullar, porque aquel él ya no existía, sólo estaba eso, y ellos no se daban cuenta. Creían que hablar de él me ayudaría a superarlo, pero la única superación en la que yo confiaba era el más absoluto de los olvidos. Me deshice de todas esas personas al igual que me deshice de aquellas fotos, por puro instinto de supervivencia.

Durante el día podía controlarlo, más o menos. Obtuve otro trabajo, y como eso aún dejaba demasiado tiempo libre, otro más. Trabajaba dieciocho horas al día, como una autómata, feliz de no tener tiempo para que mi mente divagase hacia terrenos peligrosos, y al llegar a casa caía rendida en la cama.

Pero entonces llegaban los sueños, sueños en que ese rostro espantoso surgía de la nada, sonriendo, acercándose a mí con ese cuerpo descoyuntado al que de vez en cuando se le caía algún miembro. Yo huía, desesperada porque no me alcanzase aquel ser infecto, que me llamaba entre gorgoteos mientras la sangre, casi negra de tan oscura, manaba de su boca. Y se reía de mí, recordándome aquella conversación de borrachos que tuvimos una noche, una de esas conversaciones entre enamorados que se prometen que si uno muere antes que el otro le esperará en el otro lado. Esa cosa me estaba esperando, decía, me ataba a él una promesa, y se reía, se reía hasta que la cabeza se le desprendía del cuello, y aún así seguía riendo. Y yo gritaba y gritaba hasta despertarme.

Ahora ya no trabajo; la falta de sueño, el miedo y la ansiedad constantes comenzaron a causarme una serie de trastornos demasiados obvios para el resto del mundo. Me despidieron, con amabilidad y más compasión de la que yo hubiera deseado, y me sugirieron que buscase ayuda.

Mi vida quedó reducida a las visitas al psiquiatra, a esperar a las horas oscuras y a lo que con ellas viniese, y a una serie interminable de fármacos. Hasta que esta noche, mientras contemplaba la oscuridad y sin que yo supiese cómo, se produjo el cambio, hallé la solución.

Me di cuenta de lo cansada que estaba de tirarle piedras a un recuerdo, de que un fantasma se atreviera a arrebatarme la vida cuando yo no había tenido nada que ver con su muerte. Sentía la rabia del perro que tras años de fiel servicio a su amo es echado a patadas a la calle. Un rencor oscuro, furioso y enorme crecía dentro de mí por momentos, dotándome de una fuerza nueva que me confirió la lucidez suficiente como para trazar un plan.

No hay casi nadie en la carretera. Son las tres y media de la mañana y estoy muy cerca de mi destino, literalmente. En veinte minutos llegaré al barranco, y, dada su altura, estoy convencida de que a las cuatro podré encontrarme con él en igualdad de condiciones. No temo la caída, ni el dolor que probablemente sienta mientras me despeño con mi coche; sólo pienso en que esta vez seré yo la que ría y ría sin parar hasta que se me caiga la cabeza cuando vea la cara que pone él cuando vea en qué se ha convertido su preciosa novia, esa a la que está esperando y que también piensa hacer honor a la promesa de “juntos para siempre”.