miércoles 25 de febrero de 2009

La búsqueda

¿Dónde lo puse?

Rebusco incansablemente, recorriendo mi geografía de una punta a otra.

¿Dónde, pero dónde lo puse?

Víctima del desaliento, comienzo de nuevo por el principio, por el temible piso de arriba.

Mi cabeza está distraída soñando imposibles, las persianas bajadas me impiden ver lo que hay dentro del caótico recinto. Lucho unos instantes con las cuerdas de los párpados, que se resisten a abrirse, hasta que consigo mi victoria y la luz entra a raudales a través de mis irritadas retinas necesitadas de una limpieza a fondo.

Echo un vistazo a la enorme cantidad de trastos que almaceno en ese desván que es mi cerebro. En un rincón hay unas cuantas imágenes mohosas de juguetes que hace años me hicieron más que feliz, y cerca de ellos pululan los espectros vestidos de telarañas de aquellos niños que dejé de reconocer el día en que descubrí que eran adultos.
Por todas partes hay papeles diseminados, cajas repletas de recuerdos y olvidos diversos, muebles rotos que una vez fueron férreas determinaciones y dogmas de mi propia e incomprendida fe. Hileras interminables de álbumes de fotos me recuerdan lo incomodo de conocer a tantísima gente que he olvidado sin esfuerzo, aunque siempre hay algún tomo más o menos actualizado en el que figuran hasta los números de teléfono.
Nada, no está aquí.

Salgo de mi cabeza, no sin antes tropezar y casi caerme al enredárseme el pie en aquélla traicionera alfombra en la que hilé mi pasado, presente y futuro antes de que las Parcas se riesen de mí a carcajadas y yo abandonase todo intento de pensar que sí, controlo mi existencia.

Me he asomado al pabellón de los oídos para tener una perspectiva aérea del mundo, pero demasiado ruido, demasiadas voces explicándome todo tipo de cosas que nada me importan me obligaron a salir casi corriendo de allí.

He llegado al gran ventanal de mi boca, cuidando de no resbalarme garganta abajo. No, creo que aquí tampoco está, las palabras están bien ordenaditas en meticulosas opiniones y no hay ningún rincón entre los dientes donde se me pudiera haber traspapelado el objeto de mi búsqueda.
Me descuido voluntariamente y disfruto por unos instantes del tobogán que me lleva hacia abajo, hacia lo profundo. Cuando recupero la vertical atravieso diversas salas, abriendo y cerrando puertas.

Entro en la sala de los pulmones y la nube de humo que de allí sale casi me tira de espaldas, pero no me amedrento por ello y busco una linternita, con la que atravieso la niebla al compás de las ráfagas de oxígeno que van y vienen con el plumero intentando ventilar y limpiar la zona. Las saludo con la cabeza y ellas interrumpen brevemente su trabajo para preguntarme qué tal me va. Durante unos momentos intercambiamos cortesías que cortan la espesura con la afilada claridad de lo intrascendente, y al poco salgo de allí, directo hacia la sala del corazón.

No me gusta esta sala y procuro evitarla siempre que puedo. A veces la abro con la esperanza de que esa vez logrará gustarme el ambiente, pero hasta ahora nunca sucedió tal fantasía. Tampoco es distinto en esta ocasión: esta sala de temperatura insoportable está hasta los topes de gente, de música y de emociones serviles que distribuyen canapés en bandejas que quizás un día fueron de plata. La gente charla a voz en grito, intentando hacerse oír encima de ese continuo redoble de tambor que ni siquiera tiene los modales de seguir el mismo ritmo siempre. Algunos invitados están reclinados en sofás, personajes poco definidos aún y en su mayoría solitarios, pálidos, hambrientos porque las emociones nunca les ofrecen canapés a ellos. Sólo hallan consuelo en las copas llenas de sangre ya casi coagulada a las que dan pensativos sorbos de tanto en tanto.
Atravieso la sala dando codazos, saludando con la cabeza y cambiando algunas palabras cuando no me queda más remedio, pero pronto me mareo, me sofoco, y salgo de allí precipitadamente, sin haber encontrado lo que buscaba.

Sigo mi recorrido. Paso brevemente por los riñones, por el hígado que está en pleno ataque de cólera y me tira una zapatilla a la cabeza por interrumpirle mientras le da puñetazos al saco de boxeo; deambulo por el estómago, que me deja trastear por sus rincones mientras él se afana en distribuir las sustancias que bajan desde la chimenea. No hay suerte, no lo encuentro.

Empiezo a preguntarme cuánto tiempo ha pasado desde que comencé a buscar, pero soy incapaz de recordarlo...

Y se me acaban los sitios. He buscado en los órganos, he cerrado la llave de paso de mis venas para ver si acaso se cayó dentro y está obstruyendo algún recodo. He seguido los cables de mis tendones, he separado las fibras de mis músculos, quejosos y contrariados, y he intentado mirar en la médula de mis huesos, sin hallar nada, nada, nada.

Me siento cerca del tobillo izquierdo, cansado y desanimado. Me dejo llevar por la fatiga y me duermo, y en mis sueños aparezco frente a mí y me digo que el problema no es dónde puse lo que buscaba, sino que en realidad hace tiempo que olvidé qué era lo buscado. Me contesto que no es posible, que sé muy bien lo que busco, porque sabré qué es cuando lo encuentre, lo sé a ciencia cierta porque fue por eso que lo escondí en un principio, para que nadie, quizás ni siquiera yo, pudiese encontrarlo nunca.
Pero no me creo, parece ser, porque meneo la cabeza, me meto la mano en un bolsillo y saco lo que a todas luces parece una diminuta llamita que bailotea sobre mi mano sin que aparezca quemadura alguna.

Y justo cuando estoy a punto de reconocer esa llamita y saber dónde la puse, me despierto algo anquilosado y con un principio de migraña, allí, cerca del tobillo izquierdo, y me pregunto dónde puse ese sueño en el que encontraba lo que busco.

miércoles 4 de febrero de 2009

La Banshee


La oí por primera vez una noche de luna llena invernal.

Cinco gritos en la noche, cinco avisos del final. Mi marido, que roncaba junto a mí, no se dio cuenta de nada, ni yo quise despertarle para que escuchara conmigo; ese sonido no es para ser compartido, no si adivinamos quién lo emite. Me tapé la cabeza con las mantas, pero ya era tarde, la había oído y sabía qué me estaba diciendo.
Ese día me desperté inusualmente tarde, la luz entrando a raudales por los postigos y la ausencia de mi esposo en la cama. Me levanté y bajé al patio, para lavarme la cara en el pilón y diluir en el agua el horror y la ansiedad de mi rostro.
Afortunadamente las mañanas no me dejan mucho tiempo para pensar: demasiadas tareas que hacer y muchas cosas que disponer para cuando mi marido regresara a casa, al ocaso. Trabajé con más ardor que de costumbre, las pequeñas y cotidianas labores alejando las sombras de mi mente.
Cayó la tarde, y con ella se dejó caer una visita. Deirdre Kavanaghs era una mujer extraña, una wicce, decían, y no solía bajar mucho por la aldea, era más bien la gente la que acudía a ella para resolver ciertos asuntos. No esperaba ver su extraño e intemporal rostro cuando abrí la puerta, así como tampoco esperaba sus extrañas palabras de saludo.
- Así que te visitó la banshee.
Sin decir más entró, sin permiso, las wicces no suelen pedirlo. Se acercó al fuego y se sentó junto a él, observándome con los ojos brillando con la luz del que sabe más de lo que cuenta. Yo me acerqué tímidamente, algo impresionada por su presencia, y me senté frente a ella, contemplando el fuego por no contemplar su rostro.

Permanecimos unos momentos en silencio, sólo el chasquido de la lumbre contando sus historias. Ese silencio era demasiado para mí, así que fui la primera en hablar.
- Oí su grito en la noche. Gritó cinco veces, y la oí, y ahora voy a morir.
Ella asintió con la cabeza
- Cinco gritos, cinco días, tu familiar vino a avisarte para que estuvieras preparada. ¿Sabe algo tu marido?
Negué con la cabeza, sintiendo cómo las lágrimas comenzaban a asomar en mis ojos, y ella asintió de nuevo.
- ¿Qué es lo que piensas hacer?
Salté como un conejo asustado.
- ¿Hacer? ¿Es que se puede hacer algo contra el augurio de una banshee?
Ahora las lágrimas caían de mis ojos en un torrente desesperado; yo no quería morir, era joven, aún no había tenido tiempo ni de criar hijos. No era justo, me ahogaba sólo de pensarlo.
La hechicera me observó con una mirada extraña, insondable, mujer sabia que en este momento parecía conocer muchas más cosas que yo, criatura aterrada ante la certeza de la muerte. Pasó largo tiempo mientras yo lloraba y ella callaba, con sus ojos clavados en mí, pero ya no me incomodaban, ¿qué son los ojos de una wicce comparados con las oscuras órbitas de la Sombra?
Ya casi era de noche, mi marido estaría a punto de llegar, comentó la mujer con indiferencia, levantándose. La acompañé a la puerta, y antes de salir me volvió a mirar, de una forma algo extraña, como si en realidad no me mirase exactamente a mí. Asió una de mis manos con las suyas, increíblemente fuertes y seguras para pertenecer a una mujer, y dijo:
- Hay muchas cosas que puedes hacer aún, Siobhan Connor, y las harás, créeme que las harás.
Soltó mi mano y se fue, perdiéndose en la niebla como un aparecido, fundida en las sombras.
Llegó mi marido, y le recibí con apasionamiento; siempre le había amado, pero ahora ese amor me desbordaba, la idea de su pérdida dándome aliento para amarle aún más.
Nada le dije sobre la banshee, ni ese día, ni esa noche, cuando escuché cuatro gritos en la oscuridad.
Sólo cuatro días de vida. Cuatro días en los que cada cosa que veía, oía o tocaba parecía distinta a lo de siempre. Me daba la impresión de encontrarme dentro de un sueño particularmente vívido, de colores brillantes, lleno de magia y de vida, de esa vida que a mí se me acababa tan deprisa.
Comí disfrutando de todos y cada uno de los sabores que experimentaba; contemplé conocidos y a la vez nuevos campos, praderas, acantilados, cielos que se quedaban grabados en mi mente, recreándose una y otra vez con una belleza que yo no había descubierto antes. Amé a mi esposo intensamente, como despedida, como agradecimiento, último homenaje a su compañía antes de partir yo sola a la más grande de las soledades.
Y mientras la banshee gritó, tres, dos veces más.
Mi último día fue muy tranquilo, toda la ansiedad convertida en resignación, mi único deseo poder disfrutar de esas horas que me quedaban antes de morir. Me asustaba pensar en cómo moriría, y durante todo el día mis sentidos se agudizaron, pendientes de cualquier motivo de accidente, de fuego, de agua, de caída, de dolor. Pasó el día y llegó la noche, y el beso que le di a mi marido al irnos a la cama fue el más dulce y el más triste que he dado en toda mi vida, como suelen serlo los besos de las despedidas irrevocables.
Esperé a oscuras, incapaz de dormir, creyendo oír gritos en el aire. Al final no pude más, me levanté y fui a la ventana. Respiré el frío aire de la noche y contemplé la luna a la que ya le iba faltando un trozo. Y entonces la oí, y la vi.
Una mujer de pelo casi blanco, vestida con un traje negro y una capa gris que se agitaba al viento estaba en cuclillas sobre el tejado. Se peinaba con un peine de plata, como acostumbran hacer las de su especie, y yo la contemplé, paralizada, mientras se peinaba y se peinaba, canturreando algo en una lengua extraña, hasta que guardó el peine y levantando la cabeza hacia la luna, como un lobo, emitió un único y prolongado grito.
Cerré los ojos: estaba hecho, la figura de la banshee sería lo último que vería en vida, y su grito lo último que oiría. Cuando volví a abrirlos ya no había rastro de ella, su tarea cumplida.
Volví a la cama y recé, recé arrepintiéndome de las cosas que había hecho mal, dando gracias por las que había hecho bien, y lamentándome por las que no había hecho. Rezando me dormí, y en el sueño de esa noche estaba el rostro de la wicce, que sonreía con tristeza y abría las manos hacia mí en señal de bendición.
Qué sueño extraño, pensé por la mañana, antes de darme cuenta de que estaba viva. Al principio sentí un espanto sin límites, ¿me habría convertido en una de esas almas errantes condenadas a no descansar nunca en paz?
Con una mano temblorosa pero que parecía aún de carne, me volví a tocar el hombro de mi durmiente marido. Su piel estaba fría, su pecho inmóvil. Dormía el sueño que, al haber oído a la banshee, yo creía sería el mío.



NOTA: wicce es un término del inglés antiguo del que derivó la palabra witch, bruja. En aquella época también quería decir "mujer sabia". Hoy día, se usa el término wiccan.