lunes 8 de febrero de 2010

Invisibilidad

Federico era un hombre invisible.

Su invisibilidad era muy particular, ya que sólo afectaba a la capacidad visual de otros. Él se veía divinamente cuando se afeitaba cada día los tres pelos de chivo que le salían hoy sí y mañana también. También era capaz de contemplar su reflejo en los cristales de las ventanas, aunque con ellos no hubiera podido afeitarse porque le hacían parecer algo fantasmal, turbio y desvaído. Pero se veía, con desvaimiento y todo.

Sin embargo, la gente parecía completamente ajena a su presencia, y era cosa extraordinaria tratándose de un individuo que trabajaba cara al público gran parte del día y cara a su santa esposa los ratitos que le quedaban libres.
Federico era portero de una casa de la calle del Clavel. Era una de esas casas con plaquita de "asegurada de incendios" y fecha del año del pumbi en la fachada, lo cual era gran motivo de orgullo para los inquilinos, que tenían el inmueble por muy elegante.
En el portal del postinero edificio era donde comenzaba la rutina cotidiana de la invisibilidad. Federico trajinaba con la escoba, con los cubos de la basura, con la propaganda no deseada y, mientras, saludaba educadamente a cada vecino que se le cruzaba.
Ninguno le devolvía el saludo, sin que él supiese por qué.

A veces, cuando le pasaba el mocho a las escaleras, obstaculizaba la ruta de algún propietario, que manifestaba su irritación con un bufido. Entonces Federico se apartaba rápidamente musitando disculpas y buenos días a partes iguales.
Tampoco supo nunca si quedaba disculpado o no, porque nadie decía esta boca es mía.

Lo que sí sabía Federico era que su invisibilidad no era de las que incluían inconsistencia carnal, porque si así fuese los vecinos le atravesarían sin refunfuñar y, si acaso, con lo que tropezarían sería con el mocho.
Para asegurarse de esta hipótesis, Federico abría de vez en cuando la puerta del ascensor, la dejaba bien sujeta mediante un cartoncito doblado tres veces y estratégicamente colocado debajo, y se observaba de reojo mientras trabajaba. La verdad es que le hubiese hecho cierta ilusión ver la escoba volando de acá para allá sin que pudiese apreciarse Federico alguno moviéndola; pero lo único que veía siempre era a sí mismo, atisbando tímidamente por debajo de su gorrita con cara de culpabilidad.
Alguna vez se quitaba la gorra y se quedaba un buen rato mirándose al espejo y entonces no parecía culpable sino muy pensativo.

Una de las peculiaridades de la invisibilidad de Federico era que se activaba y desactivaba cuando le daba la gana, porque cuando había que subir una bombona de butano, llamar a los del ascensor porque había vuelto a quedarse parado en el cuarto, o echar los polvos para las malditas cucarachas, entonces sí que veían los propietarios a Federico. Iban expresamente a verle, de hecho.

Lo que realmente le preocupaba a él era que este comportamiento era una de las constantes de su vida. Su mujer también parecía incapaz de verle según variables que se escapaban a su comprensión. Ciertamente, le ponía delante su plato de comida dos veces al día (el desayuno ya lo hacía él, que para eso se tenía que levantar a las seis de la mañana), y le reñía por ir siempre, según ella, hecho un Adán. Y por no haber limpiado las ventanas, ni haber barrido bien debajo de las camas, ni haber tendido la ropa a dos prendas por pinza... También le reprochaba el apocamiento y que se dejase mangonear por todo quisqui, e incluso a veces le aseguraba que es que no sabía hacer una sola cosa a derechas y que era un pedazo de inútil.
Cuando le veía perfectamente era el día que tocaba cobrar el sueldo. Pero el resto del tiempo la mujer salía de casa a hacer supuestamente una compra que la llevaba cuatro horas y más de cincuenta euros al día, le mandaba callar y dejar ver la tele en paz en las contadísimas ocasiones en que le esperaba para que comiesen juntos, y por las tardes salía a tomar café con las amigas, salvo los domingos, en que iba a casa de su madre, sin que jamás, pese a las pequeñas indirectas de Federico, él hubiese sido invitado a tales reuniones. Para cuando volvía, muchas veces él o estaba ya acostado o se había quedado adormilado frente a la mesa camilla, sin que ella se molestase en despertarle. Si, ya en la cama, se atrevía a darle un beso en la mejilla, ella gruñía algo ininteligible y le daba un empujón, y después de esto, aunque a él le hubiese gustado abrazar a su mujer de vez en cuando o compartir un poco el calor del que disfrutaba ella por haberse llevado todas las mantas, se quedaba en su rinconcito de la cama, amedrentado y triste y pensando en cuando eran jóvenes y pasaba más o menos lo mismo, que él pagaba cines, cafés y ramos de flores y ella se quejaba, le reñía, le mandaba callar y a veces hasta le daba un sopapo en la mano cuando trataba de entrelazarla con la suya.

Federico ignoraba por qué su mujer se había casado con él y, a veces, incluso por qué le había pedido él que se casaran.

Cuando Federico iba por la calle, la invisibilidad también le iba y le venía sin seguir pauta coherente, dejándole muy confuso. Al recorrer las calles atestadas de gente recibía empujones, patadas y codazos sin que nadie se volviese a disculparse, como si él no estuviese allí. Si se ponía a la cola de la frutería, dos marujas se le colaban delante con total descaro, ignorándole abiertamente cuando él, en voz muy bajita, protestaba que estaba primero. Si tenía que hacer alguna gestión, el funcionario de turno seguía charlando tranquilamente con sus compañeros mientras él esperaba y esperaba en el mostrador hasta que dicho funcionario reparaba en su presencia y le preguntaba de muy malos modos que qué quería para informarle a continuación de que eso no era allí y echar pestes de esa gente que sólo te hacía perder el tiempo.
El pobre Federico se ponía muy colorado con todos estos sucesos: colorado de vergüenza y de otra cosa que notaba rebullir por dentro y que no sabía muy bien cómo catalogar.

El caso es que, a la hora de ir sentado en un autobús lleno de gente, las mismas marujas que no le habían visto en la cola del frutero parecían curarse milagrosamente de su ceguera para exigirle que les dejase el asiento. Y no estaba en la naturaleza de Federico dar una mala contestación o volverse él ciego también de repente. No, él se levantaba, quitándose la gorrita incluso, y pasaba el resto del viaje en pie y zarandeado de un lado a otro.

Pero un buen día, a las seis de la mañana, Federico se levantó de la cama sintiendo ese algo extraño de nuevo. Pensó en ello mientras hacía el café, se afeitaba los tres pelos de chivo y se ponía su mono de trabajo. Recordó a sus padres, que pocas veces le dedicaron algún comentario que no fuese estrictamente formativo, esos del tipo “abróchate los zapatos como dios manda” o “mira las notas de tu hermano, ¿no te da vergüenza?”; su padre, concretamente, ni siquiera supo quién era él en la senilidad de los quince últimos días de su vida, a pesar de que reconocía a todos los demás miembros de la familia, esposa de Federico incluida.

Algo se puso en marcha en su cabeza mientras disponía el portal para los nuevos y especiales acontecimientos de ese día, y un torrente de recuerdos desordenados desfiló ante sus ojos: el patio del colegio, donde era siempre el último en ser llamado para los juegos; las tres únicas fotos de su boda en las que aparecía él; el instituto nocturno, donde daba igual lo alto que levantase la mano porque el profesor siempre le ignoraba deliberadamente; su mujer viendo la tele por la noche y volviendo la cara cuando él iba a darle un beso de buenas noches.
El torrente cesó con el tirón. Federico abrió los ojos, que había mantenido cerrados mitad por temor mitad rezando para que al menos aquello saliese bien. Por un momento entró en pánico pensando que algo debía haber salido mal porque se encontraba en el santo suelo, y tembló de pies a cabeza mientras se levantaba a toda prisa, no fuese a entrar alguien a ponerle en la situación de tener que dar muchas explicaciones incómodas. Pero al darse la vuelta otro torrente, esta vez de alivio, le sacudió cuando vio su cuerpo aún colgado de la cuerda, balanceándose plácidamente de un lado a otro.
Lo contempló con curiosidad, reparando en que hubiese sido más delicado ponerse una capucha, y en que el nudo debía estar mal hecho, a juzgar por la expresión de su rostro.

Federico se quedó allí plantado un buen rato, sin saber muy bien qué hacer: aquello no era lo que él había esperado, aunque, si meditaba sobre ello, tampoco era capaz de recordar qué había esperado exactamente.
A falta de idea mejor, se sentó en los escalones del portal, volviéndose de vez en cuando para ver si su cuerpo seguía allí y distrayéndose en mirar a la gente que pasaba por la calle. Según transcurrían los minutos fue notando una creciente y agradable sensación de tranquilidad y, sin darse cuenta, comenzó a dar cabezadas.

Gritos y sirenas interrumpieron su sueño. En el portal había un tropel de gente armando un guirigay de mil demonios, y algunos curiosos que pasaban por la calle y oían la conmoción entraban también a ver qué se cocía.
Federico se acercó a un rinconcito que había bajo la escalera y que era donde él guardaba los cubos y el mocho por las noches. Les dio unos golpecitos cariñosamente para hacerse un hueco entre ellos, y se sentó a disfrutar del espectáculo.

Para cuando llegaron las furgonetas de las televisiones locales, Federico daba palmas y se reía a carcajadas de puro gozo mientras contemplaba los desencajados rostros de los vecinos, el ataque de histeria de su esposa y, sobre todo, lo visible que se había vuelto para el mundo ahora que por fin era invisible de verdad.

viernes 29 de enero de 2010

Bloqueo (un ejercicio)

Estoy muy bloqueado.

Mi cuaderno de notas está lleno de argumentos fantásticos, de personajes magníficos, de finales sorprendentes y giros narrativos de aplauso. Cinco, doce, hasta diecinueve relatos distintos hacen cola pacientemente en mi cabeza en espera de salir a la luz.
Pero estoy bloqueado; cada vez que me siento delante del ordenador olvido todas las historias, y ni leyendo una y otra vez el cuadernito logro hilarlas como es debido.

Lo he intentado todo; he probado a escribir desde un principio cualquiera, pero todos se niegan a tener nada que ver con el resto de la trama. Peor aún es cuando lo intento desde el final, porque para entonces los principios han hablado con las mitades y éstas están tan enfadadas conmigo que a quien no hablan es a mí, y el pobre relato no consigue pasar de ser una única frase lapidaria que resuelve un conflicto inexistente.
Me inquieta, esto de la resolución de conflictos, indispensable si quiere uno ser buen escritor. Pero es que eso de tener uno o varios que a pesar de ser invención mía no sé muy bien de dónde vienen y que tampoco adivino a resolver se asemeja demasiado a la estructura de mi propia vida, y no quiero ni pensar en las implicaciones personales que eso conlleva, porque a su lado todo conflicto, literario o no, se queda muy pequeño y yo igual de bloqueado, deprimido y sintiéndome un inútil.

Hace poco le comenté a otro compañero de letras lo muy bloqueado que estaba, y me sugirió que todos los días encendiese el ordenador y me sentase frente a él, escribiendo lo que fuese, cualquier cosa, porque a veces los bloqueos son productos del miedo a la página en blanco, y una vez que la página en blanco deja de serlo la creatividad vuelve a fluir naturalmente.
Me pareció un buen consejo y el pasado lunes, muy animado, encendí el portátil, abrí una página de Word y me senté ante ella.
Nunca hubiera yo pensado que una pantalla pudiese ser tan hostil. Nos quedamos mirándonos fijamente, la página de Word y yo, en un duelo de voluntades que perdería quien se doblegase antes. Media hora después Word salió triunfante mientras yo me retiraba, humillado y viendo lucecitas en forma de cuadrados blancos por todas partes. Desde entonces tengo el convencimiento de que no temo a la página en blanco, sólo la respeto muchísimo más que ella a mí.

Si no estuviese tan bloqueado, intentaría escribir a mano, pero me da miedo lo que pueda llegar a hacerme el lápiz.

Y lo peor de todo esto no es que esté incumpliendo todos los plazos de entrega, ni que mi contrato pueda ser anulado de un momento a otro; lo peor es la frustración de no saber por qué de repente me cuesta tanto escribir hasta la cosa más sencilla. No es el miedo al éxito, porque para mi gusto el éxito más que algo que temer es algo que desear, sobre todo si aún no se ha disfrutado plenamente de él. Además, si se tiene obtiene una vez ya no hay razón para alarmarse, porque en el mundo editorial lo que tiene éxito es el nombre y el libro ni cuenta, así que si consigues un único bombazo y el mundo se da cuenta de repente y tras haber declinado leer tus ochenta y tres obras anteriores de que sí, existes, te puedes relajar y dejar de exprimirte la sesera en busca de argumentos.

No, seguro que el éxito y yo nos ibamos a caer bien...

Tampoco es lo que llaman “miedo al final del cuento” porque lo que me da miedo es no terminarlo nunca y que los personajes sigan a sus anchas riéndose de mí porque no sé que hacer con ellos, y este miedo no cuenta porque ningún manual de escritura habla de él.

Ni un relato, ni una carta, ni un diálogo ni una anécdota. No logro escribir nada, y cuanta más nada escribo más me pierdo a mí mismo, porque ¿qué es un escritor que no escribe?
Una antítesis. Una paradoja. Eso soy yo, la personificación de una figura literaria que no sabe cómo sacar partido de sí misma.

Estoy muy bloqueado. Tanto, que tengo que escribir sobre ello.