miércoles 25 de noviembre de 2009

This way hell (Silent Hill fanfic)


Para Pablo, compañero de relatos, que me pidió que escribiese este cuando se enteró de que a los dos nos gustaba jugar al Silent Hill. La imagen no es mía, por supuesto...

THIS WAY HELL

Hoy las paredes parecen haber cambiado de nuevo...
Mi psiquiatra me dijo que no me preocupase, que seguramente era por efecto de la medicación. Un efecto óptico, una alucinación inducida por la ingesta de psicotrópicos.
Le pareció muy interesante que la alucinación siempre fuese la misma: las paredes desconchándose, deshaciéndose en un muro sanguinolento y casi orgánico, pulsante, como si la habitación se hubiese convertido en algo casi vivo.
Dice que quizás todas esas pesadillas en las que ando por un lugar invadido por las nieblas y por formas monstruosas que acechan mi paso tienen que ver con esto. Que quizás sea una forma de mi subsconciente de reflejar mi miedo, mi desesperación, mi dolor.
Puede que sea así. Pero me sigue dando miedo.
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La niebla no me deja ver nada, y soy incapaz de reconocer lo poco que veo. Calles desconocidas, vacías, pobladas de sonidos extraños y de sombras que se escurren cuando me acerco.
He visto cosas terribles en este lugar. Mensajes escritos en la pared con letras de sangre; cadáveres colgando de las farolas, restos de lo que puede que una vez fuesen seres humanos pero que quedaron convertidos en macabros amasijos de retorcidos miembros; puertas cubiertas de cadenas tras las cuales se adivinan gritos.
Y los monstruos... esos seres pululantes, espantosos, indescriptibles, que deambulan por todo el lugar. Perros despellejados, polillas ensartadas en barras de metal, figuras humanoides que chirrían, se arrastran, gimen.
No les temo, seguramente el doctor Kauffman tenga razón y sean sólo el reflejo de mis miedos. Como esa cosa piramidal que arrastra una enorme espada.
Fantasmas de mi mente, de mis traumas, envueltos en la niebla del olvido. Nunca me hacen nada, pero me miran, me siguen, me vigilan. Y yo corro, intento huir de ellos, de su hedor a muerte, pero hay tantos...
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El doctor me ha mandado más pastillas. Ya no distingo bien la realidad de los sueños.
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He vuelto. Hoy la niebla parece menos densa, puedo adivinar más cosas de mi entorno.
Empiezo a acostumbrarme a este sitio. No sé, me resulta familiar, conocido, casi menos amenazante que el otro mundo del que vengo.
¿ O vengo deéeste y es el otro lugar el que sueño en mis pesadillas?
Aquí no me encuentro tan solo y desperado. Ni siquiera los monstruos me asustan ya tanto como antes. ¿ Cómo iba a asustarme de mis propios miedos? Comienzo a sentir una cierta compasión por ellos, por esas criaturas desmembradas que yo he creado, que a veces se parecen tanto a mí, con su deambular que no lleva a ningún sitio, con sus rostros y cuerpos distorsionados por dios sabe qué mal interior...
Incluso los mensajes parecen estar dirigidos a mí, como pistas que me condujesen a algo que necesito...
Hoy he encontrado uno de esos. Estaba en un espejo; una pequeña flecha roja que, al reflejarme en él, apuntaba justo a mi cabeza, y que tenía estas palabras debajo:
“ Por aquí se va al infierno”
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No voy a poder aguantar mucho más. Cada vez me encuentro peor, cada vez tengo más miedo a salir de casa, a hablar con la gente, a salir a esta calle tan sólida, tan irreal. La gente me mira por la calle, y me entran ganas de salir corriendo, de esconderme de esas miradas que parecen adivinar que no soy como ellos. Ojos acusatorios, saben qué me pasa.
Me odian. Me temen.
Quiero irme con mis monstruos, ellos me comprenden...
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Llevo dos días seguidos vomitando. Es como si quisiera sacar algo de mí, algo que no funciona, pero no lo consigo.
Al principio sólo salía bilis, pero luego empezó a salir sangre, enormes bocanadas de sangre que salpicaban los azulejos, que manchaban mi ropa. Que convertían mi cuarto de baño en mis pesadillas a la luz del día.
Me ha gustado el efecto. Me ha hecho sentir... en casa.
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No puedo soportarlo más. El doctor me ha dicho que es necesario ingresarme, que mi psique se descompone cada vez más y necesito vigilancia las veinticuatro horas.
Pero no puedo. No puedo más con el dolor, con la paranoia, con ese estar sin estar, esta muerte en vida...
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Me despierto en el hospital, y me invade el pánico. ¿ Cómo llegaron a tiempo, quién se lo dijo?
Pero no estoy intubado, no hay sondas ni goteros conectados a mi cuerpo...
No sé cómo voy a salir de ésta. Seguro que ahora sí que me ingresan, me pondrán una camisa de fuerza, me meterán en una acolchada... Ya estoy atado a la cama....
Espera, alguien viene... Una enfermera sin rostro se acerca a mí, medio cojeando, silbando, chirriando. Saca un cuchillo y de un tajo corta mis ataduras.
Y entonces comprendo, y me siento feliz y libre.
Porque estoy en casa, y no tendré que irme nunca más de aquí.
Ya no puedo andar, y un lado de mi cuerpo está como paralizado. Me muevo como un juguete roto, con un andar deambulante, silbante.
Por fin soy uno de ellos. Ya no soy su creador, soy su igual.
Estoy en casa.

miércoles 21 de octubre de 2009

Un desafío

Una de las cosas que tiene la afición a escribir es que de vez en cuando llega alguien y te propone un reto. En lugar de darte una pistola como Dios manda, te da un puñado de palabras y un número determinado de líneas, y ahí te deja , sin padrino ni nada, para que te las compongas como puedas.

Esto más o menos fue lo que ocurrió en el caso de este relato. Un amigo me propuso escribir algo que contuviese obligatoriamente las palabas ajo, maceta, nieve, micrófono, ducado (ah, cuánto le odié por este ducado!) y velero, y que no ocupase más de veinte líneas.

Es por eso que parecerá que haya cortado el relato y pegado lo que me ha dado la gana; pero me pareció buena técnica el dejarlo tipo capítulo, y que mi amigo se entretuviese imaginando qué pasó antes y que ocurrió a continuación.

Aquí os lo dejo, esperando que al menos os haga pasar el ratillo (no puede llegar uno a rato en veinte líneas por mejor voluntad que le ponga).

PD: el relato de mi amigo fue mucho, muchísimo mejor. Me di de cabezazos cuando vi su sencillez tan efectiva, en vez de la complicación de vida que me traje yo.

En fin...

AjO

¿ Para qué servían esas estructuras de piedra llenas de torres? Quizás eran tan altas y redondas porque esperaban que en ellas aterrizara algún tipo de nave.
Ese fue el primer error de AjO.
Muchos zorgs más tarde, AjO seguía recordando bien su sorpresa cuando, al querer cruzar un rudimentario puente, lo que a todas luces parecía un robot salió furioso a demandar explicaciones. Él intentó comunicarse en varios idiomas, porque de seguro el robot no hablaba terrestre. Pero sí que lo hablaba, y a un volumen nada adecuado.
Tampoco sabía AjO lo que era un ducado, cosa que el robot demandaba sin cesar, amenazándole con denegarle el paso si no recibía uno.
Intentó que la indignada maquina le explicase aquel misterio, pero ésta no atendía a razones y parecía cada vez más agresiva.
AjO optó por dar media vuelta e irse, dejar al extraño androide en paz. Su error número 15.437, los había contado. Porque el robot, rabioso, se quitó la cabeza, ese modelo tan pasado de moda que parecía más bien una maceta, y de ella surgieron grises e hirsutos cabellos.
¡Un robot con pelo! ¡Aberración, un híbrido de mecanoide y humano! ¡Prohibido por la Federación e ilegal en más de veinticinco planetas! Decidido, AjO se largaba de allí, daba por concluida su accidentada misión de exploración. Se teletransportó a toda prisa hasta su maltrecho velero interestelar, y, micrófono en mano, bajó a tierra, y lanzó al cielo una llamada de recogida y auxilio. Pero el cosmos guardó silencio, nada bajó de él salvo los primeros copos de nieve.