
Para Pablo, compañero de relatos, que me pidió que escribiese este cuando se enteró de que a los dos nos gustaba jugar al Silent Hill. La imagen no es mía, por supuesto...
THIS WAY HELL
Hoy las paredes parecen haber cambiado de nuevo...
Mi psiquiatra me dijo que no me preocupase, que seguramente era por efecto de la medicación. Un efecto óptico, una alucinación inducida por la ingesta de psicotrópicos.
Le pareció muy interesante que la alucinación siempre fuese la misma: las paredes desconchándose, deshaciéndose en un muro sanguinolento y casi orgánico, pulsante, como si la habitación se hubiese convertido en algo casi vivo.
Dice que quizás todas esas pesadillas en las que ando por un lugar invadido por las nieblas y por formas monstruosas que acechan mi paso tienen que ver con esto. Que quizás sea una forma de mi subsconciente de reflejar mi miedo, mi desesperación, mi dolor.
Puede que sea así. Pero me sigue dando miedo.
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La niebla no me deja ver nada, y soy incapaz de reconocer lo poco que veo. Calles desconocidas, vacías, pobladas de sonidos extraños y de sombras que se escurren cuando me acerco.
He visto cosas terribles en este lugar. Mensajes escritos en la pared con letras de sangre; cadáveres colgando de las farolas, restos de lo que puede que una vez fuesen seres humanos pero que quedaron convertidos en macabros amasijos de retorcidos miembros; puertas cubiertas de cadenas tras las cuales se adivinan gritos.
Y los monstruos... esos seres pululantes, espantosos, indescriptibles, que deambulan por todo el lugar. Perros despellejados, polillas ensartadas en barras de metal, figuras humanoides que chirrían, se arrastran, gimen.
No les temo, seguramente el doctor Kauffman tenga razón y sean sólo el reflejo de mis miedos. Como esa cosa piramidal que arrastra una enorme espada.
Fantasmas de mi mente, de mis traumas, envueltos en la niebla del olvido. Nunca me hacen nada, pero me miran, me siguen, me vigilan. Y yo corro, intento huir de ellos, de su hedor a muerte, pero hay tantos...
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El doctor me ha mandado más pastillas. Ya no distingo bien la realidad de los sueños.
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He vuelto. Hoy la niebla parece menos densa, puedo adivinar más cosas de mi entorno.
Empiezo a acostumbrarme a este sitio. No sé, me resulta familiar, conocido, casi menos amenazante que el otro mundo del que vengo.
¿ O vengo deéeste y es el otro lugar el que sueño en mis pesadillas?
Aquí no me encuentro tan solo y desperado. Ni siquiera los monstruos me asustan ya tanto como antes. ¿ Cómo iba a asustarme de mis propios miedos? Comienzo a sentir una cierta compasión por ellos, por esas criaturas desmembradas que yo he creado, que a veces se parecen tanto a mí, con su deambular que no lleva a ningún sitio, con sus rostros y cuerpos distorsionados por dios sabe qué mal interior...
Incluso los mensajes parecen estar dirigidos a mí, como pistas que me condujesen a algo que necesito...
Hoy he encontrado uno de esos. Estaba en un espejo; una pequeña flecha roja que, al reflejarme en él, apuntaba justo a mi cabeza, y que tenía estas palabras debajo:
“ Por aquí se va al infierno”
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No voy a poder aguantar mucho más. Cada vez me encuentro peor, cada vez tengo más miedo a salir de casa, a hablar con la gente, a salir a esta calle tan sólida, tan irreal. La gente me mira por la calle, y me entran ganas de salir corriendo, de esconderme de esas miradas que parecen adivinar que no soy como ellos. Ojos acusatorios, saben qué me pasa.
Me odian. Me temen.
Quiero irme con mis monstruos, ellos me comprenden...
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Llevo dos días seguidos vomitando. Es como si quisiera sacar algo de mí, algo que no funciona, pero no lo consigo.
Al principio sólo salía bilis, pero luego empezó a salir sangre, enormes bocanadas de sangre que salpicaban los azulejos, que manchaban mi ropa. Que convertían mi cuarto de baño en mis pesadillas a la luz del día.
Me ha gustado el efecto. Me ha hecho sentir... en casa.
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No puedo soportarlo más. El doctor me ha dicho que es necesario ingresarme, que mi psique se descompone cada vez más y necesito vigilancia las veinticuatro horas.
Pero no puedo. No puedo más con el dolor, con la paranoia, con ese estar sin estar, esta muerte en vida...
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Me despierto en el hospital, y me invade el pánico. ¿ Cómo llegaron a tiempo, quién se lo dijo?
Pero no estoy intubado, no hay sondas ni goteros conectados a mi cuerpo...
No sé cómo voy a salir de ésta. Seguro que ahora sí que me ingresan, me pondrán una camisa de fuerza, me meterán en una acolchada... Ya estoy atado a la cama....
Espera, alguien viene... Una enfermera sin rostro se acerca a mí, medio cojeando, silbando, chirriando. Saca un cuchillo y de un tajo corta mis ataduras.
Y entonces comprendo, y me siento feliz y libre.
Porque estoy en casa, y no tendré que irme nunca más de aquí.
Ya no puedo andar, y un lado de mi cuerpo está como paralizado. Me muevo como un juguete roto, con un andar deambulante, silbante.
Por fin soy uno de ellos. Ya no soy su creador, soy su igual.
Estoy en casa.